DAREDEVIL #373
Atando cabos
Guión:
Bergil
Portada: Dibujada por Lee Weeks. Sobre un fondo general negro, se ve, en un plano picado, a Matt trabajando en la mesa de su despacho. A su alrededor pueden verse los rostros de los demás personajes que intervienen en el episodio: Melvin, Ben Urich, la Viuda Negra, Kingpin, Karen...

En la redacción de local del Daily Bugle, Ben Urich seguía dando vueltas a
las fotos que le había traído Peter Parker, mientras su mente volvía una y
otra vez a la identidad del misterioso sustituto de Matt Murdock tras la
máscara de Daredevil. Paseando arriba y abajo para así pensar mejor, apenas
se había dado cuenta de que los minutos transcurrían uno tras otro, hasta
formar una hora y otra hora... En su casa, la cena hacía mucho tiempo que se
había enfriado. Sin embargo, Doris Urich hacía ya mucho tiempo que se había
acostumbrado a la irregularidad del horario de su marido; y, a pesar de que,
de vez en cuando, le insinuaba que no debería dedicar tanto tiempo a un
trabajo que, en ocasiones, le había costado graves
lesiones1 e incluso
había puesto en peligro las vidas de
ambos2, ella sabía perfectamente que
para Ben el investigar le era casi tan necesario como el respirar, el
comer... o el fumar.
De repente, Ben se detuvo e hizo chasquear los dedos:
- ¡Pues claro! -exclamó-. ¿Si seré idiota? ¡No sé como demonios no me había
dado cuenta antes! ¡Ya sé quién está detrás de ese traje!

En su apartamento, Matt Murdock sabía ,a pesar del silencio que su vigilante
mantenía, que Natasha Alianovna Romanoff seguía en la habitación, sin
quitarle ojo de encima. La respiración de la ex-espía soviética conocida
como Viuda Negra era firme y regular; su pulso, tranquilo. Pero, a pesar de
su mutismo, su cerebro no dejaba de funcionar a un ritmo frenético.
Intentaba desentrañar, a un tiempo, quién se ocultaba detrás de la máscara
de Daredevil... y por qué la persona que primero adoptara aquella
identidad -la persona que, en esos mismos momentos, estaba tumbada en la
cama que se encontraba a menos de dos metros de ella- había cometido la
estupidez de salir a la calle, encontrándose en el estado lamentable en que
se encontraba, incluso antes de salir. Era cierto que su recuperación había
sido extraordinaria, y que su situación actual daba pie a muchas más
esperanzas de las que inicialmente podrían haberse razonablemente concebido.
Pero incluso Matthew Michael Murdock tenía límites, y aquella noche se había
aproximado peligrosamente a ellos. De no haberle encontrado en aquel
callejón, Dios sabía lo que podría haberle sucedido.
En ese momento, ambos oyeron el sonido de las llaves en la puerta del
apartamento. De hecho, Matt ya había olido el perfume de Karen hacía casi un
minuto, y había percibido que su pulso se hallaba acelerado. Algo inusual
debía haberle sucedido, pero ¿qué podía ser? Habló rápidamente y en voz baja
a la Viuda Negra:
- 'Tasha, te pido que no le digas nada a Karen, de momento. Algo la ha
alterado, y si encima añadimos a lo que sea que le ha ocurrido la estupidez
que he estado a punto de realizar...
- La estupidez que has realizado, Matt.
- Lo que tú quieras. Pero no le digas nada, por favor. ¿Por favor?
- De acuerdo, Matt. Guardaré silencio... de momento. Pero como vuelvas a
intentar otra idiotez de este calibre...
- No te preocupes, que no lo haré.
En ese momento Karen, después de haber intentado controlar el temblor de sus
manos, había logrado introducir la llave en la cerradura y la había hecho
girar. Dejando caer el bolso en la entrada, fue directamente al dormitorio.
- Matt, algo enorme ha sucedido. Ah, hola, Natasha. Sí, creo que enorme es
la palabra adecuada.
- Tranquilízate, Karen. Tu corazón va a doscientos por hora. ¿Qué es lo que
te ha alterado así?
- Es él, Matt. Ha vuelto.
- ¿Él? ¿Te refieres a...?
- Sí, Matt. Fisk ha regresado a la ciudad. De momento, ha comprado la cadena
en la que trabajo.
- No creo que se pare ahí. La gente como él nunca cambia. Alguien va a tener
que detenerle.
- ¿Y quién va a ser ese alguien, Matt? -intervino la Viuda-. ¿Tú? ¿En tu
estado? Sería una tontería, ¿no crees? -. La Viuda había cargado el acento
en la palabra tontería con toda la intención del mundo. Matt sabía
perfectamente por qué lo había hecho, pero Karen no pareció darse cuenta de
la carga añadida que encerraban las palabras de la Viuda Negra-. No, es
mejor que esa tarea nos la dejes a quienes podemos encargarnos de la tarea.
O a ese nuevo Daredevil, por ejemplo, que parece no estar haciéndolo nada
mal...
- Ja ja, 'Tasha. Muy graciosa. Mucho.
Los secuestradores de Betsy Beatty mantenían una acalorada discusión. Se
habían retirado a una habitación distinta de aquella en la que retenían a la
prometida de Melvin Potter, para evitar que pudiera oirles.
- Os digo que estamos jugando con fuego, chicos. Todos sabemos la clase de
lunático que es Potter. ¿Quién nos dice que no va a tirar por la calle de en
medio e ir a por nosotros?
- Y suponiendo que hiciera tal cosa, ¿cómo demonios iba a encontrarnos? No
sabe cuántos somos, ni dónde estamos. Y, además, tenemos a su pava como
póliza de seguro, ¿no?
- Bueno sí... pero también la teníamos aquella otra vez, ¿no? Y aunque al
principio hizo lo que le dijimos, luego intervino ese maldito vigilante de
rojo, Daredevil, y todo se torció.
- ¿Es que el miedo que detecto en tu voz te ha hecho olvidar que es
precisamente a Potter a quien debemos agradecer el habernos podrido todos
estos meses en prisión?
- No, pero...
- Pero nada. Esta vez no dejaremos cabos sueltos. Cuando tengamos a Potter
donde queremos, nos encargaremos de él, y luego desapareceremos.
Desoyendo los consejos que su compañero le había dado, Betsy Walkers había
decidido ir a ver a su empleador. Nunca le había visto en persona (todo el
asunto se había hecho a través de intermediarios, él era demasiado
inteligente como para mezclarse en esos asuntos), pero sabía perfectamente
de quién se trataba y dónde encontrarle. Sin embargo, las cosas no parecían
ir como ella habría deseado. Para empezar, el gorila de la puerta no la
dejaba continuar.
- Le he dicho, señorita, que no puede presentarse aquí sin cita previa y
pedir... perdón, exigir, ver al jefe por las buenas.
- Escucha, botarate, tu jefe te ordenará que me dejes pasar si le dices
quién soy.
- La voy a hacer caso, sólo por dejar de oirla. ¿A quién he de anunciar?
- Dile que Betsy Walkers quiere verle.
El vigilante descolgó un teléfono, marcó un número y susurró unas palabras.
Esperó unos segundos, contestó "De acuerdo" y colgó.
- Tenía usted razón, señora -dijo, sin ningún asomo en su voz de humildad o
arrepentimiento por su anterior comportamiento-. El jefe ha accedido a
verla.
Con un aire de dignidad ofendida, Betsy Walkers atravesó la puerta sin
dirigir ni una mirada al vigilante. Entró en el ascensor y pulsó el botón de
la última planta. Aunque nunca había visitado aquel edificio,
supuso -acertadamente- que el despacho de la persona a la que iba a ver se
encontraría en lo más alto. Cuando el ascensor se detuvo y las puertas se
abrieron, pudo ver que se encontraba en un vestíbulo. Frente a ella, a unos
diez o doce metros, había una puerta de doble hoja, fabricada en lo que
parecía ser madera maciza. A uno y otro lado, dos individuos
excepcionalmente altos y corpulentos montaban guardia. Bajo sus sobacos,
incluso para personas poco perspicaces, resultaban claros los bultos de las
armas que llevaban. Sin pronunciar una palabra, uno de ellos se inclinó
ligeramente hacia el picaporte y lo presionó. La puerta se abrió en silencio
y giró suavemente sobre los goznes. Cuando Betsy hubo pasado, la puerta
volvió a cerrarse en el mismo silencio.
La habitación se encontraba a oscuras, excepto por un flexo situado sobre la
amplia mesa que se encontraba al fondo del despacho, de espaldas a la
ventana.
- Acérquese -dijo una voz desde la penumbra de la mesa. A pesar del terror
que sentía, Betsy Walkers no pudo sino obedecer, tal era el poder que
emanaba de aquella única palabra-. ¿Quería hablar conmigo, no es así?
- S-s-sssí, señor... -tartamudeó-. En efecto -dijo con algo más de firmeza,
en un intento de recuperar el dominio de sí misma.
- Bien, pues tome asiento -continuó la voz cuando Betty llegó a la altura de
la mesa, tras recorrer una distancia que se le antojó infinita- y cuénteme
qué es lo que la preocupa.
- Desde luego... verá, señor, quisiera dar por concluida nuestra relación...
laboral.
- ¿Y eso? ¿Es que no le parece suficiente la cantidad que acordamos por
el... trabajito que le encomendé?
- No es eso, no... Verá, ese Murdock es más duro de pelar de lo que una
diría a simple vista. Cuando usted me encargó que me presentara en su bufete
como una mujer a punto de divorciarse, perseguida por los matones de su
marido3, la cosa me pareció fácil. Engañar a un ciego... era casi como
quitarle un caramelo a un niño4. Coser y cantar, como suele decirse... Y
luego, cuando tuvo aquel accidente, y quedó paralítico, pensé que iba a ser
el dinero más fácil que había ganado en mi vida... No iba a tener tiempo de
concentrarse en nada más que en su recuperación, y eso si conseguía
concentrarse... Pero aquel accidente pareció darle nuevas fuerzas, y desde
entonces no ha parado de trabajar. Y luego está lo de... lo de... cuando
estoy en su despacho, y a pesar de ser ciego, parece como si pudiera ver a
través de mí, como si supiera lo que estoy pensando, y que estoy
engañándole... Creo que lo sabe todo, y no quiero acabar en la trena. No
otra vez...
Durante todo su parlamento, Betsy Walkers había permanecido con la mirada
baja, clavando los ojos en el regazo. Ahora levantó de nuevo la vista, y no
vio ante sí más que la mesa vacía.
- No se preocupe -dijo una voz a su espalda-. Yo personalmente me encargaré
de todo.
Sorprendida, Betsy se volvió. Tras ella se encontraba su interlocutor, su
enorme figura apenas perceptible en la penumbra. A pesar de que sus palabras
aparentemente pretendían tranquilizarla, un escalofrío recorrió su espalda.
Le miró a los ojos, y detrás de ellos no vio nada. Nada, salvo una férrea
determinación. En aquel momento, mientras las voluminosas manos se
aproximaban a su cuello, Betsy Walkers tuvo la certeza de que no saldría de
aquella habitación. Viva al menos. Casi creyó oír, anticipándose, el
chasquido con el que su cerviz se rompió.
Dejándola caer al suelo, su asesino pulsó un botón. La puerta del despacho
se abrió, y los dos guardias que había al otro lado entraron por ella.
- ¿Sí, señor Fisk? -preguntó uno de ellos.
- Deshaceos de esto -se limitó a decir Kingpin, mientras meditaba en cómo
ocuparse de Murdock, aquella maldita espina clavada una y otra vez en su
costado.
También a solas en su despacho, Rosalind Sharpe miraba en silencio el
terminal del teléfono. Temerosa de escuchar el sonido del timbre que pudiera
anunciarle aquella llamada que tanto temía recibir y que no deseaba
contestar, había optado por desconectar la clavija. Maldijo el día en que
había decidido trasladarse a la Gran Manzana, ansiosa de demostrar, como ya
lo había hecho en Boston, que era la mejor. Maldijo a su hijo, Franklin
Nelson. Pero, sobre todo, maldijo a aquel obstinado de Matthew Michael
Murdock.

Daredevil se desplazaba por los tejados, moviéndose en silencio. A su
espalda, una sombra le seguía, silenciosa, manteniendo la distancia. El
perseguidor estaba ligeramente extrañado. En otras ocasiones, su objetivo
había parecido detectarle, como si tuviera una especie de sentido de radar,
por mucho cuidado que pusiera en ser silencioso. Sin embargo, su presa no
parecía haberse percatado de su presencia, a pesar de que ya llevaba un buen
rato siguiéndola. Benjamin Poindexter frunció el ceño, extrañado.
Matt y Karen dormían, abrazados el uno al otro. Hacía ya rato que la Viuda
Negra se había marchado. Natasha estaba segura de que, al menos mientras
Karen estuviese en el apartamento, Matt no volvería a intentar salir a
patrullar la Cocina del Infierno. Además, tardaría en recuperarse de su
última salida... hasta un cabezadura irlandés como Murdock se daría cuenta
del estado deplorable en el que se encontraba.
En sueños, Matt percibió una voz que llevaba mucho tiempo sin oir.
- Chico -dijo la voz-, tenemos que vernos. Mañana por la noche.
- ¿Stick? -murmuró Matt-. ¿Eres tú?
Pero la voz no dijo nada más.
(1) En Daredevil # 230 a Ben le rompieron los dedos de la mano derecha por
investigar demasiado los asuntos de Kingpin.
(2) No por órdenes de Fisk, pero en Daredevil # 231 la enfermera Lois
(apellido desconocido) estuvo a punto de asesinar a Doris, que se salvó
gracias a que en ese momento apareció Matt.
(3) Se contó en el ya clásico Relatos de Marveltopía.
(4) Bueno, la verdad es que el que inventó esta dichosa expresión
probablemente nunca intentó quitarle un caramelo a un niño. Es una tarea de lo más ímproba, creedme.
Bienvenidos a Derecho
de réplica, el correo de los lectores
de la colección de Daredevil. Venga, no seáis tímidos
y escribid. Aquí me tenéis para resolver cualquier duda que
pueda surgir sobre el discurrir de la colección.
En el próximo número: : ¿Qué es lo que quiere la Casta de Matt Murdock? ¿Qué
hará Benjamin Poindexter? ¿Y el nuevo Daredevil? ¿Qué ocurrirá con Melvin,
Betty, Rosalind y Betsy? Os espero en Daredevil # 374, el primer número de
Daredevil con fecha de portada del siglo XXI, para descubrir cómo se
desarrollan los acontecimientos.