Daredevil #367

Daredevil #367De niño, el hijo de Jack Batallador Murdock quedó ciego a causa de un trágico accidente. Ahora, cuando el sistema legal no resulta suficiente, el abogado Matt Murdock adopta su identidad secreta y se convierte en… Daredevil

#367 – Zoología urbana
Por Bergil


Fecha de publicación: Mes 25 – 5/00


Los hombres de Kingpin abandonaron el inmueble. Nadie vivo quedó tras ellos. De repente, una viga se rompió y cayó con estrépito, levantando una nube de polvo entre los cascotes. Luego, el silencio.


A solas en su despacho, Matt Murdock llevaba en pie casi dos minutos. Cuando las piernas le fallaron, se dejó caer en su silla de ruedas, mesándose los cabellos.

– ¡Es inútil! ¡Debo asumir que jamás volveré a caminar!

Entonces, el dulce rostro de Karen Page apareció ante él.

– No digas eso, Matt. No debes perder la esperanza. Ambos hemos salido de peores situaciones, ¿verdad? Al fin y al cabo, ¿no eres el hombre sin miedo?

Levantándose a pulso con la fuerza de los brazos, Matt se puso de nuevo en pie.


De pie en la azotea del edificio, el Buitre esperaba pacientemente. Lo había hecho durante las últimas dos semanas, comprobando que el vehículo blindado que recogía la recaudación seguía siempre el mismo horario.

Sin sospechar nada, los guardias salieron y se dirigieron al interior del local. Toomes aguardó. Sabía que, en cinco minutos, saldrían de nuevo. Así sucedió. En completo silencio, el Buitre saltó desde la cornisa y descendió en un picado perfecto. En el momento preciso, varió su trayectoria. El picado se transformó en un vuelo rasante. Aprovechando la velocidad, arrebató las sacas de las manos de los guardias. No tuvieron ninguna oportunidad. Antes de poder darse cuenta de qué les había atacado, la risa del Buitre ya atravesaba el aire, a varias docenas de metros sobre ellos.

El Buitre sonrió satisfecho. Había sido otro golpe perfecto. Ahora, si sólo consiguiera que aquel arácnido aguafiestas no se entrometiera…

Sin que el Buitre se apercibiera, una figura enmascarada comenzó a seguirle, igualmente en silencio.


Como todos los días a la misma hora, Melvin había llegado al despacho de la firma para llevar a Matt a rehabilitación.

– ¿Cómo se encuentra, señor Murdock? -preguntó, mientras empujaba la silla de ruedas hacia la furgoneta.

– Bien, Melv…

– Disculpe, ¿es usted Murdock? ¿Matthew Murdock?

Sorprendidos, Matt y Melvin levantaron la vista. Ante ellos se encontraba un individuo pelirrojo, aún más corpulento que Melvin.

– Eso depende de quién lo pregunte -dijo Melvin, comenzando a moverse para colocarse entre Matt y el desconocido.

– Eh, amigo, que vengo en son de paz. Me llamo Norvell, Red Norvell. Ben Urich me dio su nombre.

– ¿Ben? De acuerdo. ¿Qué es lo que desea?

– Llevará algún tiempo contarle toda la historia (1). ¿Hay algún sitio donde podamos hablar?

– Ahora mismo me dirigía a rehabilitación. Si no tiene inconveniente, puede venir en la furgoneta con nosotros y me lo cuenta -dijo Matt. Su sentido del oído le dijo que ni Melvin ni Norvell estaban muy a gusto con la idea, pero ambos transigieron.


Tras volar durante varios kilómetros, Adrian Toomes comenzó a descender. Planeando en círculos, entró en un viejo almacén abandonado. Era perfectamente consciente de que le habían seguido. No había podido distinguir claramente a quien le vigilaba, pues no quería hacer evidente que se había percatado, pero no estaba preocupado. Con la fuerza extra que le proporcionaba su arnés volador, se sentía perfectamente capaz de enfrentarse a cualquiera de aquellos malditos superhéroes… Sí, incluso a aquel incordio de Spider-Man.


Durante toda la sesión de rehabilitación, Matt no dejó de pensar en lo que le había contado Norvell. El nombre de Carlos Ortega despertaba un vago eco en su mente. Si no recordaba mal, se trataba de un corredor de apuestas que estuvo al servicio de Kingpin en la zona del Bronx latino. En cualquier caso, un mindundi, un tipo de tercera o cuarta fila. Evidentemente, la ausencia de su antiguo patrón había estimulado su ambición… y hecho desaparecer su prudencia. “Es importante conocer siempre los límites de tu rival“, le había dicho a menudo Stick, “pero lo es mucho más conocer los tuyos“. Evidentemente, Ortega se había autovalorado en demasía.


Aquella noche, nada inusual sucedió en Nueva York: quince asesinatos, ciento treinta y dos robos con intimidación y cuatro pequeños incendios. Todo dentro de lo normal.


Cuando el sol salió por el Este, Wilson Fisk ya estaba despierto, planeando sus próximos movimientos. Los jefes de banda que restaban -Lápida, Fortunato, Cabeza de Martillo…- no serían tan fáciles de eliminar como Ling Fe. Habría que emplear medios más sutiles.


– Buenos días, Rose -dijo Matt al llegar.

– Buenos días, señor Murdock.

– ¿Ha llegado ya el señor Nelson, Rose?

– Creo que no, señor Murdock. Aguarde un momento que lo compruebo… -no, señor Murdock, el señor Nelson todavía no está en su despacho. ¿Quiere que le diga algo cuando llegue?

– Sí, Rose, gracias. Haga el favor de decirle que pase a verme.

– Muy bien, señor Murdock.

Una vez en su despacho, Matt se enfrascó en el estudio de la documentación de los casos que estaba llevando en aquel momento.


En la trastienda de Disfraces Potter, el teléfono sonó varias veces antes de que Melvin pudiera descolgarlo.

– ¿Sí? ¿Quién es?

– Hola, Melvin -dijo una voz que no alcanzó a situar.

– ¿Quién llama? ¿Qué quiere?

– Quizá nos hayas olvidado, Melvin, pero te aseguro que nosotros a ti no. Volverás a saber de nosotros, Melvin.

– ¿Oiga? ¿OIGA? -gritó Melvin. Pero sólo le respondió el pitido de la línea vacía. Había colgado, quienquiera que fuese.


– ¿Querías verme, Matt? -preguntó Franklin Foggy Nelson entrando en el despacho de su amigo, mientras se limpiaba con una servilleta los restos de un sandwich de mermelada de moras y mantequilla de cacahuetes, según pudo oler Matt.

– Sí, Foggy, pasa.

Foggy cerró la puerta y se sentó con un suspiro en uno de los mullidos sillones que había para las visitas, frente a Matt.

– Y bien, Matt, ¿de qué se trata?

– ¿Cómo andan tus conocimientos de Derecho inmobiliario, Foggy?

– Bastante frescos. Hace poco que hemos terminado el caso Martian. Seguro que lo recuerdas, era lioso y complicado como el demonio, con derivaciones fiscales y de Derecho Internacional. Todo comenzó con… pero me estoy desviando del tema. En resumen, que con ese caso he refrescado más conocimientos que si hubiera acudido a tres másters. ¿Por qué?

– ¿Podrías echarme una mano con un asunto que tengo entre… manos? -dijo Matt, con una sonrisa.

– Estaré encantado y tú lo sabes, Matt, pero ¿no podría ayudarte uno de los pasantes de la firma?

– Es algo fuera de los casos de la firma, Foggy.

– ¡Oh! Ya entiendo… -sonrió Foggy, guiñando un ojo-. Como aquellos casos que cogíamos a carros al empezar, ¿no? De esos en los que lo importante no era qué íbamos a ganar nosotros, sino qué iban a ganar los clientes. Qué tiempos aquellos… -suspiró.

– Los echas de menos, ¿verdad, amigo?

– Terriblemente, Matt. Aquello era otra cosa…


El Buitre no salió de su escondrijo en todo el día. Que esperara, aquel incordio… El tedio le volvería descuidado, y entonces sería mucho más fácil darle su merecido. Aprovechó para realizar unos pequeños ajustes en su arnés electromagnético y en sus alas, que le darían una pizca más de maniobrabilidad en los giros.


Spider-man se balanceaba de camino hacia las oficinas del Daily Bugle. No había logrado sacar ninguna foto aquel día, pero quizá Jameson o Robbie tuvieran algún asunto interesante que encargarle. Por no sacar, ni siquiera había podido sacar ninguna foto suya…

Justo en ese momento, una figura enmascarada pasó ante él, a unos veinte o treinta metros de distancia. Su sentido arácnido vibró levemente.

¡Qué extraño!”, pensó, extrañado. “Si sólo es Daredevil…“.

Apresurándose, le siguió en silencio.


Todos los jefes de los bajos fondos de Nueva York recibieron simultáneamente la misma mala noticia: “Nuestros hombres están siendo eliminados discreta pero implacablemente, o bien desertan“.

Todos los jefes de los bajos fondos de Nueva York tuvieron el mismo pensamiento: “Esto es una maniobra de mis rivales para dejarme fuera de la circulación y quedarse con mi parte del pastel”.

Todos los jefes de los bajos fondos de Nueva York tenían razón. Pero, al mismo tiempo, todos los jefes de los bajos fondos de Nueva York estaban equivocados. Mortalmente equivocados.


Balanceándose con agilidad, Spidey había conseguido adelantar a Daredevil sin que él lo supiera. Fijando su cámara a una cornisa y programándola para que se disparara a intervalos, se plantó ante Daredevil en el momento preciso.

– ¿Dónde vas tan deprisa, cuernecitos? -dijo-. ¿O es que ya no saludas a los viejos amigos?

Daredevil permaneció inmóvil ante Spider-man. Sus músculos estaban en tensión, presto a emprender la huida en cuanto viera una posibilidad, por pequeña que ésta fuera. Los segundos transcurrieron en silencio, mientras ambos se miraban directamente a los ojos tras las máscaras.

De repente, el sentido arácnido de Spidey pasó del zumbido sordo en que se encontraba desde que pasó cerca de Daredevil a lo que equivaldría a un pitido agudo.

Va a intentar escapar“, pensó Peter.

En ese momento, Daredevil fintó hacia la izquierda. Haciendo caso omiso de lo que le decían sus ojos, Spider-man no saltó hacia ese mismo lado, sino hacia el contrario. Como de costumbre, su sentido arácnido había acertado. La finta de Daredevil era una añagaza. Pero le había salido mal. Antes de que pudiera darse cuenta, Spidey le tenía agarrado por una muñeca.

– Un momento, Daredevil. He sido amable hasta ahora en atención a lo que hemos pasado juntos, pero ya vale. Vas a contestar a algunas preguntas, o tendré que ponerm…

Spider-man no pudo continuar. Girándose con una velocidad cegadora, Daredevil le pinzó un nervio en la parte de atrás del cuello. Cayó inconsciente al suelo.

Cuando recobró el conocimiento, estaba solo.

– No importa -se dijo-. Todavía nos queda la cámara…

De un salto, subió hasta la cornisa en la que la había dejado. Colocándosela en el cinturón, emprendió el camino hacia el Daily Bugle para revelar las fotos.


El Buitre, ignorante de que quien le vigilaba ya no se encontraba al acecho, permanecía cómodamente sentado en su sillón, viendo en el vídeo una copia del Frankenstein de James Whale que le había pasado el Camaleón la última vez que trabajaron juntos (2). Ya no se hacían películas como aquélla…


– Así, Matthew -dijo la enfermera que le ayudaba en su fisioterapia, animándole-. Ahora, mueve la pierna derecha. ¡Muy bien!


Peter llevaba un par de horas en el cuarto oscuro de las oficinas del periódico, revelando las fotos que había sacado. Meneó la cabeza, preocupado. Notaba algo raro, algo que no era como debería ser, pero no podía precisarlo. Suspirando, siguió con el proceso…


El Buitre había acabado por aburrirse. ¿Cuántas veces seguidas se podían ver las mismas películas, antes de acabar hastiado?. Desentumeciendo sus músculos, se puso su traje y se dispuso a salir. En ese momento, una sombra oscureció la entrada del almacén. Con una sonrisa satisfecha, Toomes acabó de colocarse las alas y se giró. La sonrisa fue sustituida por una mueca de sorpresa. No se trataba del arácnido, como esperaba, sino de…

– ¡Daredevil! -exclamó-. No importa, primero me encargaré de ti, y luego me vengaré de Spider-man por todas las veces que me ha humillado en el pasado -dijo, despegando.

Daredevil había ponderado los pros y los contras de atacar al Buitre en su guarida. Al tratarse de un almacén, había suficiente espacio para que pudiera volar, lo que era un inconveniente; pero, al menos, no se trataba de una pelea a cielo abierto, en la que el villano llevaría todas las de ganar. Finalmente, se había decidido y había entrado en el almacén. Si tan sólo lo hubiera hecho un par de minutos antes, le habría sorprendido sin su traje, y todo habría sido mucho más fácil. Bueno, así era la vida; y ¿qué es la vida, sin un poco de emoción?

Ensamblando sus dos bastones, Daredevil formó un bo que empezó a hacer girar con fluidez, al tiempo que daba vueltas para no perder de vista a su rival. Este, por su parte, frunció el ceño. No es que se hubiera enfrentado muchas veces con el enmascarado del traje de diablo (3), pero aquella táctica no le parecía la habitual. De repente, se decidió, y picó hacia su rival. Éste, moviéndose lo justo, le esquivó, y el Buitre remontó el vuelo.


Por fin, Peter se dio cuenta de qué era lo que le extrañaba de las fotos: ¡Daredevil había encogido! Mientras estaba discutiendo con él, en el calor del momento, no se había dado cuenta, pero la foto no mentía. Y, ahora que lo pensaba, había otra cosa: cuando le agarró por la muñeca, notó la misma más delgada. El Daredevil que él conocía era más fornido, más corpulento que aquél otro al que se había enfrentado.

Excitado, Peter salió del cuarto oscuro.

– ¡Ben! ¡Eh, Ben! ¡Mira lo que tengo!


– …en resumen, Matt, la situación legal de esa gente es bastante sólida, si nos atendemos a métodos… legales. Los contratos de arrendamiento que firmaron en su momento fueron bastante sencillos, y por eso mismo no hay lugar a triquiñuelas de abogado tramposo. Las cláusulas dos y cuatro lo dejan bien claro: la renta no podrá aumentar más de lo que lo haga el índice de precios al consumo, y el contrato permanecerá vigente en tanto en cuanto el arrendatario no decida lo contrario. Evidentemente, el dueño pensó que era un modo de alquilar unas viviendas que, dadas las circunstancias de entonces, era difícil que tuvieran otra salida.

– Pero si las circunstancias cambiaran, como de hecho ha ocurrido…

– …el dueño, o la persona a la que vendiera el edificio, tendría que apechugar con la situación, mientras los inquilinos no cambiaran de opinión.

– Ese es el quid, Foggy. Parece que el ataque al tal Portals tenía ese objeto: intimidar a los inquilinos para que consintieran en vender a un precio que, si bien no es escandalosamente injusto, sí resulta muy inferior al que tendrían si se lo vendieran directamente a la inmobiliaria que, según me ha comentado Norvell, pretende construir un centro comercial en la zona.

– Claro. Si los inquilinos supieran todo el asunto, podrían tratar directamente con la inmobiliaria, sacando ellos el beneficio, y no ese chorizo de Ortega. La cuestión es: ¿se quedaría Ortega quieto, o echaría el resto intentando conseguirlo? (4)


El Buitre llevaba varios ataques infructuosos. Por mucho que lo intentara, aquel Daredevil siempre lograba esquivar sus ataques. A pesar de la fuerza extra que le proporcionaba su arnés, empezaba a cansarse, mientras que su rival parecía fresco como una rosa.

Finalmente, creyó ver un hueco en la guardia de su oponente. Picando a fondo, se lanzó contra él.


Todos los jefes de los bajos fondos de Nueva York acordaron celebrar una reunión para debatir los últimos acontecimientos. Todos los jefes de los bajos fondos de Nueva York  acordaron que irían con un grupo reducido de sus hombres. Todos los jefes de los bajos fondos de Nueva York  decidieron llevar más hombres de los acordados… sólo por si acaso.


(1) Lee Historias de Midgard en los últimos números de El poderoso Thor para conocer toda la historia.

(2) En El Asombroso Spider-Man # 387-388.

(3) Por ejemplo, en Daredevil # 225.

(4) Si quieres saber lo que pasa, lee Historias de Midgard en El Poderoso Thor # 511, el mes que viene en MarvelTopía.


Bienvenidos a Derecho de réplica, el correo de los lectores de la colección de Daredevil. Aquí me tenéis para resolver cualquier duda que pueda surgir sobre el discurrir de la colección.


En el próximo número: Las chispas saltan entre los capos neoyorquinos en Daredevil # 368. Nos vemos en el número de Julio.

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