Batman #3

#3 – Año Uno III
Ayer y mañana

Por Tomás Sendarrubias


Fecha de publicación: Mes 172 – 8/12


Przsky Hrad, Praga. República Checa. Hace dos años.

-¿Entendido, señor Wayne?

Bruce mira la pizarra electrónica que el Doctor Moreh tiene detrás, y enarca las cejas. Está llena de fórmulas y símbolos matemáticos, y Bruce es consciente de haberle estado escuchando durante casi dos horas mientras el delgado científico polaco, vestido con un jersey de color verde oliva, pantalones de pana y mocasines baratos explicaba las fórmulas que había plasmado en la pizarra. Moreh era un hombre curioso a ojos de Bruce. La casa en la que residía, en pleno corazón de Praga, muy cerca de la Iglesia de Loreto y del propio Palacio, debía costar una fortuna. Los instrumentos que utilizaba en sus explicaciones y en su laboratorio privado eran costosísimos (y en parte subvencionados por la sección I+D de Empresas Wayne Internacional), y las patentes que había desarrollado en robótica deberían haber bastado para acumular una pequeña fortuna. Y sin embargo, al contrario que otros hombres que Wayne conocía y que se encontraban en esa situación (pequeños ricos, hombres de estela ascendente), Moreh no prestaba la menor atención a  su aspecto, y si Wayne no llevase seis meses estudiando con él, y hubiera conocido a otros hombre que también conocían al doctor, hubiera pensado que estaba fingiendo para hacerse pasar por el clásico científico despistado.

-Creo que en algún momento me he perdido, Doctor Moreh.

-Señor Wayne, me atrevería a decir que Industrias Wayne está siendo extremadamente generosa con la Universidad de Praga y conmigo mismo sobre esta formación tan sumamente particular e irregular que usted ha decidido recibir como para que usted preste un mínimo de atención. Pero por supuesto, es su dinero, tiene todo el derecho del mundo a malgastarlo como desee. Lo que sí que le agradecería es que si continúa decidido a permanecer totalmente ausente de mis disertaciones, me lo notifique y me aseguraré de que mañana sea uno de mis becarios el que venga para hacerle compañía. Yo tengo mucho trabajo que hacer, y el mañana no va a llegar solo-dice Moreh, en inglés con un fuerte acento eslavo.

Bruce siente que la sangre le acude repentinamente al rostro y tiene la impresión de que en cualquier momento su cara va a empezar a arder. Tiene veintiséis años, y jamás en su vida nadie le ha echado una reprimenda así. Ni siquiera Sensei (y se jugaba la vida en cada encuentro con él) le había hecho sentir avergonzado. Le había roto huesos y había estado a punto de matarle, pero, ¿vergüenza? Nunca, la fortuna Wayne se había encargado de que fuera considerado siempre irreprochable. La tragedia de su familia era conocida por todos los que habían estado en algún momento a su servicio, los medios de comunicación se habían encargado de recordarlo de vez en cuando para que nadie lo olvidara. El «Pobre Niño Rico” había protagonizado docenas de reportajes y documentales, y ahora con veintiséis años, había gente que se seguía enterneciendo cuando se hablaba del «pobre Bruce Wayne”.

Tomek Ovadya Moreh parecía estar muy lejos de cualquier tipo de ablandamiento de ese estilo. Y Bruce lo entendía. El doctor Moreh había vivido su infancia en una Polonia dominada por los soviéticos, había escapado del control del Pacto de Varsovia para refugiarse en Suiza antes de la caída del Muro, y había perdido a su mujer en la huida. Había comenzado a estudiar robótica para tratar de ayudar a su único hijo, víctima de una enfermedad degenerativa extremadamente poco común, y finalmente este había muerto. El Doctor Moreh había vivido suficiente tragedia en su vida como para mostrarse delicado con las de los demás.

-Trataré de prestar atención, Doctor Moreh.

-¿Tratará?

-Prestaré más atención, Doctor-termina farfullando Bruce.

-Bien, señor Wayne, le tomo la palabra. Aunque si me permite un pequeño consejo, le recomendaría que, con el objetivo de prestar atención a estas costosas clases que tiene el empeño de pagar a precio de oro, quizá debiera de dejar de asistir a esas… ¿cómo las llaman en inglés… Da igual, recuerdo el término francés. A esas soirées a las que suele acudir por las noches. El descanso es fundamental para las mentes de los estudiantes. Y todas y cada una de las grandes ideas del ser humano para mejorar el mañana, han llegado a nosotros en sueños. Si no duerme, señor Wayne, me temo que nunca tendrá ideas brillantes.

-Es algo parecido a parte de mi trabajo, Doctor-responde Bruce, encogiéndose de hombros-. Trabajo de representación, por así decirlo. Industrias Wayne necesita que me deje ver aquí y allá.

-Claro, supongo que también Industrias Wayne necesita que desaparezca de esas fiestas en compañía de exuberantes modelos y jóvenes herederas. No ponga esa cara, señor Wayne, usted es muy dueño de hacer con su vida lo que quiera. Bien sabe Dios que si yo tuviera su edad y su dinero, probablemente estaría haciendo lo mismo que usted.  Pero mi juventud fue bastante diferente.

-Estoy seguro de que el mundo le agradecerá bastante que usted haya sido diferente de mí, Doctor Moreh-sonríe Bruce-. Usted es un genio, y sus ideas en física y robótica…

-Sí, sí, claro-dice Moreh, haciendo un gesto con la mano conminando a Bruce a guardar silencio-. Soy consciente de mi genialidad, señor Wayne, muchas gracias. Lo cierto es que creo que todos los auténticos genios somos más que conscientes de nuestras muchas habilidades y virtudes, y cualquier intento de tratar de obviar esto, es de la más deleznable falsa modestia. ¿Ha estudiado a Nietzsche, señor Wayne?

-Sí. El Superhombre debe dejar atrás sus cargas, sus compromisos de falsa moral, para trascender hacia la superación de sus virtudes, hacia sus verdaderas fuerzas. El cambio hacia Apolo, hacia la Iluminación propia y del resto del mundo.

-Sorprendentemente bien explicado-asiente Moreh, lanzando una mirada de reojo a las fórmulas que aparecen en la pizarra, y lanzando un breve suspiro antes de hacerlas desaparecer pulsando un botón del lateral de la gran pantalla-. Supongo que los matices de la teoría de incertidumbre deberán esperar a mañana, usted está cansado y a mí en estos momentos, no me apetece demasiado continuar con las explicaciones. Hay otra media docena de estudios que requieren mi atención en este momento, y supongo que aunque usted sea quien contrata, me permitirá ejercer como profesor y hacer uso de mi libertad de cátedra para dar la clase de hoy por terminada.

-Por supuesto, Doctor-responde Bruce, asintiendo e incorporándose.

-No tan rápido, señor Wayne. El tiempo no se recupera solo, nunca vuelve sobre sí mismo. Sólo avanza, inexorable, hacia el mañana. Tic, tac, tic, tac, tic, tac… ¿Sabe quién es Francisco de Quevedo?

-¿Perdón?

-Creo que la pronunciación es correcta, aunque mi español no es demasiado bueno. Francisco de Quevedo fue un poeta español del siglo XVII. Mi esposa estudiaba lenguas romances en la Universidad de Varsovia, y la obra de ese escritor la fascinaba. Ayer se fue, mañana no ha llegado, hoy se está sin parar un punto… Señor Wayne, el gran Einstein y Quevedo estaban de acuerdo conmigo en un detalle. Salvo que alcancemos velocidades mayores a la de la luz, el tiempo sólo transcurre en una dirección: hacia delante. Hacia mañana. ¿Entiende eso?

-Claro.

-Entonces entenderá perfectamente que el día de hoy se ha perdido, se ha ido, el tiempo que íbamos a dedicar a Heisenberg se ha marchado, lo hemos dejado atrás, y a no ser que usted pueda correr hasta superar la velocidad de la luz de modo que el tiempo se volviera maleable, no lo podremos recuperar. Así que, señor Wayne, espero que para mañana haya preparado usted mismo una breve disertación sobre la Teoría de Incertidumbre de Heisenberg y su relación con la teoría de supercuerdas.

Bruce mira con los ojos abiertos como platos al Doctor Moreh. En su empeño por recibir la mejor formación posible en todos los campos para conseguir sus objetivos, Bruce ha estudiado con otros físicos y científicos en el mundo, amén de otros muchos maestros de artes mucho menos ortodoxas que Física de la que Moreh era especialista. La Teoría de Incertidumbre no era fácil. La Teoría de Supercuerdas no era fácil. Y unir las dos para un lego como él, podría convertirse fácilmente en un enrevesado nudo gordiano. Aún así, asiente. Había oído de la obsesión de Moreh con el tiempo (de hecho, muchos estudiantes anglosajones, haciendo un juego de palabras con sus iniciales, llamaban al Doctor Moreh «Doctor Morrow» (1) por la frecuencia con la que utilizaba frases como «el mañana no va a llegar sólo”), pero en el mes y medio que llevaba estudiando con el famoso científico, nunca había visto esa faceta de su personalidad tan clara como en ese momento. Encogiéndose de hombros, Bruce asiente, mientras se dirige hacia la puerta del despacho de Moreh.

-Supongo que podría poner a mi división de I+D a desarrollar algo relacionado con el viaje en el tiempo… al menos, sería un proyecto innovador…

-¿Está seguro, Señor Wayne? ¿Completamente seguro?-sonríe Moreh. Bruce, que ha estudiado con algunos de los mejores analistas de expresión del mundo, se da cuenta enseguida de que la sonrisa del doctor es completamente irónica y no alcanza sus ojos. Con cierta inquietud, Bruce sale del despacho mientras saca el móvil del bolsillo de su pantalón y busca el teléfono de Lucius Fox, el jefe de I+D de Empresas Wayne. Lucius estaba interesado en que Moreh fichase por Industrias Wayne, admiraba realmente sus avances en robótica. En esos momentos, y recordando aquella extraña mirada, Bruce no estaba del todo seguro de querer tenerle en nómina.


Hoy. Gotham City. Cerca de Finger Bay.

Johnny Sompang mira el reloj y se maldice a sí mismo al darse cuenta de que sólo han pasado treinta segundos desde la última vez que había visto la hora. Y sin embargo, tiene la impresión de que han pasado horas. Resopla y hunde las manos en los bolsillos de su cazadora, prohibiéndose a sí mismo volver a mirar el reloj. Aunque sabe que no podrá evitarlo. De todos los lugares del mundo, en ese momento si pudiera elegir, elegiría cualquier otro que no fuera el viejo parque de atracciones abandonado de Finger Bay. Todo allí parecía viejo, oxidado y a punto de desmontarse. Sompang se había dado cuenta de que Ichiko había mirado la noria con desconfianza en varias ocasiones, y cuando le había sugerido que subiera a lo alto de esta para vigilar el entorno, ella se había echado a reír y le había mandado a tomar por culo, sin más miramientos.

Treinta años atrás, Finger Bay había sido el centro de la diversión del Este de Gotham, pero la mala gestión de sus dueños había llevado el pequeño parque a la bancarrota, y no había habido inversores interesados en restaurar o recuperar aquella zona. Ahora, Finger Bay se encuentra dentro del área de influencia de las Tríadas en Gotham, las mafias orientales que dominan la Zona Este de la isla, y en los últimos años, se ha convertido en el lugar perfecto para la recepción de mercancías como la que Johnny Sompang espera esa noche. El norte y el oeste de la isla, unidos al continente por puentes, reciben más atención policial, pero a lugares como Finger Bay, lejos del Ferry que une Gotham y Blüdhaven, sólo es posible acceder desde el mar por lancha. ¿Y quién iba a tener interés en llegar por carretera a ese rincón? ¿Quién podría tener interés en aquella noria medio descolgada, en el tiovivo abandonado, o en la media docena de puestos de algodón de azúcar comidos por el óxido?

Sompang siente la tentación de mirar otra vez el reloj, pero se contiene. Es la primera vez que Lo Zhou le permite estar al frente de una de esas operaciones, normalmente siempre ha sido el segundo de An-Song Hen, pero el tuerto debió comer algo en mal estado en algún sitio, y en los últimos días, había sido incapaz de levantarse de la taza del váter, mientras la vida se le iba por el culo. La operación era demasiado importante como para retrasarla, así que Lo Zhou había puesto a Sompang al frente… y eso que al viejo búho no le gustaban demasiado los mestizos. Tenía que aprovechar esa ocasión para lucirse si quería seguir avanzando y no vivir toda su vida a la sombra del tuerto.

-Escucha-dice Tetsuo, dando un tirón de la manga a Johnny. El joven, extremadamente delgado y teñido de rubio platino, vestido de negro, señala hacia el viejo embarcadero, iluminado sólo por una farola gastada y olvidada. Pero no es el ruido del mar contra las rocas lo que Tetsu’o señala, sino que sobre el ruido de las olas, se puede escuchar un zumbido como en sordina. Y que se acerca.

Sompang se tensa como la cuerda de un arco cuando escucha las lanchas que se acercan. Hace un gesto a Tetsu’o y el resto de sus hombres, y mira hacia el lugar desde el que Ichiko debe estar vigilando las carreteras de acceso. Sus hombres tienen ya preparadas las dos furgonetas en las que se moverá el cargamento desde Finger Bay a los almacenes de las Tríadas en el East End. Ciento veinte kilos de coca lista para distribuir, procedente de Colombia y refinada en Blüdhaven. Más de siete millones de dólares que el viejo búho había dejado en manos de Sompang. Tetsu’o encendió una linterna e hizo una señal con ella, indicando a los hombres de las lanchas que se encontraban allí.

-¿Habéis oído lo que pasó anoche en Little Odessa?-pregunta Merika, una de las mejores pistoleras de las Tríadas, reducida a guardaespaldas por la obsesión de Lo Zhou por la sangre pura oriental, ya que el apellido de Merika era Stewart-. Alguien jodió bien a los rusos.

-¿Algún chivato?-pregunta Sompang, sintiendo un escalofrío, imaginándose que en lugar de las tres lanchas procedentes de Blüdhaven, aparecen lanchas de la policía de Gotham. Merika niega con la cabeza.

-Una especie de monstruo. Dicen que los rusos tenían listo un cargamento de armas… balas especiales, de esas capaces de atravesar el blindaje de los policías. Al parecer estaban organizando algo gordo.

-¿Cómo que un monstruo?-sonríe Tetsu’o-. ¿Cómo Godzilla?

-No-replica Merika-. Una especie de murciélago gigante.

-Es esa mierda de vodka que beben-gruñe Sompang-. Putos borrachos de mierda… A saber qué pasó de verdad.

-A saber-asiente Merika, mientras las lanchas aparecen, tres grandes embarcaciones motorizadas, tripuladas por cuatro hombres cada una de ellas. Más que suficientes, junto a los ocho que habían llegado con Sompang, para mantenerlo todo en orden y hacer la descarga con rapidez. Con un poco de suerte, en un par de horas estaría todo terminado y podría ir a celebrarlo. Lo Zhou era generoso con las comisiones, y poner en movimiento siete millones de dólares le daría un beneficio más que considerable…

Las lanchas atracaron aprovechando el viejo embarcadero, y Sompang hizo un gesto de saludo hacia el hombre que capitaneaba el traspaso por parte de las Tríadas de Blüdhaven. Tora Shokeido, un japonés de pura sangre, llegado a Estados Unidos ya como miembro considerado de la Yakuza en Tokio, como demostraban los numerosos tatuajes que cubrían sus brazos desnudos. El Tigre, le llamaban, y desde luego, mostraba esa misma sed de sangre. Aunque era obvio que Sompang habría desplegado vigilancia, a un gesto de Shokeido un par de sus hombres se desplegaron por la zona, armados con sendas semiautomáticas.

-Saludos, hermano (2)-dijo Sompang, acercándose al Tigre, que asintió con la cabeza.

-¿Tienes el dinero?-pregunta Shokeido, afilado como un cuchillo incluso en sus palabras, directo al grano. Sompang asiente, hace un gesto a Tetsu’o…

Y en ese momento, estalla el caos. Y llega con la oscuridad.

Algo choca contra la farola del muelle, haciendo que estalle lanzando chispas eléctricas sobre los hombres que acababan de llegar y las barcas. De inmediato, varios de los presentes encendieron sus linternas, tratando de localizar qué era lo que había roto el farol, o si había alguna amenaza. Los hombres de Shokeido y de Sompang se miraban los unos a los otros a la pálida luz de las linternas, deslumbrándose con ellas, y con los dedos flojos sobre los gatillos de sus armas.

-¡El Murciélago!-grita Merika, pero su voz queda apagada por el estallido de una ráfaga de disparos procedentes de alguna de las semiautomáticas, cuyo trueno desaparece con la misma prontitud con que ha empezado.

Algo se mueve junto a Sompang, y de pronto ve que el Tigre ha caído. Tiene el labio reventado, sangrando. Sompang se gira hacia él, apuntando con su pistola, y escucha algo parecido a un aleteo. Una sombra se mueve, y algo se hunde en el dorso de su mano, haciéndole soltar la pistola. Intenta gritar, pero nota algo en la garganta, un peso que se lo impide. El sonido de los disparos y los gritos en sus oídos comienzan a retumbar, como si se alejaran…  Y entonces, iluminado por el destello de un disparo, lo ve ante él. Y siente miedo.

Oscuro.

Terrible.

El Murciélago.


Bajo la Mansión Wayne, dos días después.

-Señor Bruce…

La voz de Alfred levanta ecos en la vieja cueva, y Bruce se gira hacia él. Está sentado en el centro del sistema de hologramas, rodeado de pantallas que muestran docenas y docenas de datos, y para desesperación del viejo mayordomo inglés, viste el disfraz (Bruce prefiere llamarlo uniforme, pero Alfred llama a las cosas por su nombre,  y eso, es un disfraz) que con tanto empeño y repercusión ha lucido en las pasadas noches. El reloj marca las tres de la mañana, y apenas hace diez minutos que Bruce ha vuelto a la cueva, después de patrullar de nuevo la ciudad. Vestido de negro, con aquella peculiar tela desarrollada por la división de I+D de Empresas Wayne, reforzado con placas de materiales cerámicos en las articulaciones, guantes y botas, Bruce había decidido incluir en el pecho del disfraz la imagen de un estilizado murciélago, con cierto brillo frente al color mate del resto del uniforme. Al traje, de corte militar, Bruce le había añadido lo que consideraba que era lo más importante del disfraz: una capa con capucha que imitaba la cabeza y las alas de un murciélago. La capucha ocultaba la parte superior del rostro de Bruce, incluso sus ojos, que quedaban escondidos tras cristales de aspecto opaco, pero perfectamente trasparentes desde el interior. La capa caía casi hasta sus pies, y Alfred sabía que para darle peso y consistencia, se habían utilizado en ellas placas del mismo material cerámico que componía la capucha, capaz de detener un disparo a bocajarro. Aquel traje era toda una armadura, y hacía falta estar en buena forma para llevarlo, pues buena parte del peso, a igual que en las armaduras medievales, recaía sobre los hombros. Además, Alfred sabía que en el cinturón con multitud de bolsillos que llevaba Bruce en la cintura, se encontraban muchos de los artilugios y gadgets que Lucius Fox había desarrollado para él, con muchos otros escondidos en diversas partes del uniforme (guantes, botas, bolsillos de la capa…). En aquellos momentos, Bruce llevaba la capucha retirada del rostro, pero Alfred no podía evitar recordar la sensación que había notado la primera vez que lo había visto así ataviado.

Había tenido miedo.

-Hola, Alfred-saluda Bruce, girándose levemente hacia el mayordomo, que se acerca a él llevando una bandeja cubierta. La sitúa sobre una mesa cercana y la descubre, dejando ver un plato de roast-beef con salsa agria, un cuenco de sopa fría de tomate y una botella de agua mineral.

-Quizá debería plantearse cenar algo, señor Bruce. Claro, que quizá también debiera plantearse dormir-dice el mayordomo, encogiéndose de hombros-. Por mucho entrenamiento ninja que haya conseguido en estos años, no son muchos los días que un hombre puede sobrevivir durmiendo apenas dos horas seguidas.

-No, no son muchos-asiente Bruce, cogiendo el cuenco y bebiendo directamente del borde, sin utilizar la cuchara, lo que le genera una mirada reprobatoria por parte de Alfred-. Pero ahora mismo es necesario que sea así. Quiero que el Murciélago se convierta en una figura coercitiva, Alfred, que los criminales se piensen sus acciones dos veces antes de ejecutarlas, porque quizá él esté cerca.

-Batman-dice Alfred, y Bruce enarca las cejas.

-¿Qué?

-Le llaman Batman, señor. En las noticias… y en las calles. Así es como llaman al Murciélago.

-Batman…-masculla Bruce-. Me gusta.

-Es horrible, señor Bruce. ¿Qué es esto entonces? ¿Su Batcueva?

-Hh-farfulla Bruce, encogiéndose de hombros.

-Al respecto de eso, señor, estoy seguro de que querrá ver el reportaje que hoy ha emitido GCTW sobre Batman… Se lo he colgado en red, para que no tuviera que molestarse en subir a la casa… donde vive la gente civilizada.

-Muchas gracias, Alfred-responde Bruce, accediendo al servidor de la Mansión y encontrando enseguida el archivo de vídeo al que se refería el mayordomo, proyectándolo en una de las pantallas. De inmediato, Bruce puede ver una imagen de Finger Bay, con la noria medio descolgada de fondo. La reportera, una muchacha rubia, con el cabello rizado, gruesos labios y ojos azules, bastante atractiva envuelta en un fino abrigo de ante, se había situado con bastante habilidad justo delante del tiovivo. Un letrero en la parte baja de la pantalla, con el logo de GCTW, mostraba el nombre de la chica, Vicky Vale.

-Estamos en Finger Bay, uno de los lugares más populares en Gotham en los años setenta, donde miles de personas vinieron en su día en busca de diversión, en un tiempo que probablemente era mucho más inocente que las noches que vivimos hoy. Pero las cosas han cambiado mucho en Gotham, y desde hace unos años, Finger Bay se había convertido en una zona de entrada para las drogas a nuestra ciudad, utilizada sobre todo por las mafias orientales que copan los negocios ilegales en la zona Este de la ciudad. Y durante años, la policía de Gotham se había mostrado impotente a la hora de evitar estas entradas. Todos sabemos cual es el estado de las calles de Gotham, la cantidad de droga y corrupción que se mueven en todos nuestros barrios, desde el East End a Robinson Park, desde el distrito empresarial de Morrison Center a las prostitutas y chaperos de Snyder Street. Hace dos noches, algo ocurrió en Finger Bay. Algo interceptó un cargamento de cocaína, preparada para venderse en las calles de Gotham. Algo que según nuestras fuentes, ya había actuado contra las mafias rusas de Little Odessa poco antes. Algo que podría haber estado evitando pequeños crímenes en las calles de nuestra ciudad en las dos últimas semanas. Agentes del Cuerpo de Policía nos han hecho saber que los criminales detenidos, varios de ellos con lesiones graves, aunque ninguna mortal, hablan de un monstruo, un murciélago. Los policías han empezado a llamar «Batman” a esta criatura, quizá en recuerdo de aquel Mothman que apareciera en Virginia en 1966 y que el actor Richard Gere devolviera a la fama en una película hace diez años (3). La pregunta que nos hacemos es, ¿realmente existe ese Batman? ¿Quién es? ¿Y cuáles son sus objetivos? Puede tratarse de un hombre disfrazado, o quizá se trate de un verdadero monstruo, aunque, ¿qué tipo de monstruo persigue solo a los criminales?-los ojos de Vicky Vale centellean un momento y sonríe-. Quizá Drácula haya vuelto para hacer un trabajo que, obviamente, la policía de Gotham no ha sido capaz de hacer. ¿Quién sabe? Quizá Batman podría haber evitado la tragedia que ocurrió hace dos semanas, cuando, como saben, unos desconocidos atacaron y desfiguraron al fiscal de la ciudad, Harvey Dent en su propia casa, matando a su esposa embarazada y a su hijo, Como saben, el juicio contra Mario Falcone, al que Dent había incriminado en asuntos relacionados con la mafia, continúa detenido en espera del nombramiento de un nuevo fiscal, pero parece como si tras devorar a nuestro caballero luminoso, la ciudad hubiera querido darnos un caballero oscuro-. Vicky Vale mantiene silencio durante unos instantes, y finalmente, sonríe antes de despedirse-. La pregunta está en el aire, señores. ¿Qué es Batman?

Alfred había dejado de grabar en ese momento, y la imagen desaparece de la pantalla. Bruce se reclina en el sillón, cruzando las manos bajo la barbilla.

-Batman…-susurra Bruce, y Alfred frunce el ceño.

-Bien, señor Bruce. ¿Y sobre lo de descansar?

-No creo que sea el momento, Alfred-responde Bruce, pasando el vídeo de las noticias a un segundo plano y recuperando varias de las pantallas que había estado mirando antes-. Los hombres de Falcone atacaron a Dent, y estoy seguro de que harán todo lo que puedan para evitar el nombramiento de un nuevo fiscal que continúe el juicio. La periodista tenía razón, no sabemos hasta que punto están afectadas por la corrupción las instituciones de la ciudad.

-La señorita Kane le espera para desayunar mañana, sería lamentable que se presentase usted con ojeras hasta los pies y completamente demacrado…

-Estaré bien, Alfred.

-No lo estará, señor Bruce. Hace muchos años que le conozco, y en todo esto-dice, señalando las pantallas-, hay algo más que pistas sobre los Falcone. Esa imagen-dice, apuntando hacia una pantalla dispuesta en tercer plano, en la que puede verse la foto del periodista que inmortalizó la noche de la muerte de Thomas y Martha Wayne-no tiene nada que ver con los Falcone…

-No encuentro ninguna pista sobre Joe Chill-acepta finalmente Bruce, llevando a primer plano las pantallas que había tratado de ocultar a su mayordomo-. Tengo los mejores gusanos que un hacker puede vender, los mejores sistemas que el dinero puede comprar, y no encuentro nada sobre Joe Chill. Sigue siendo nadie. He entrado en archivos de la policía, el FBI…

-Estupendo, señor, un delito federal dará mucha credibilidad a su imagen de playboy…

-… incluso de la Interpol, y no hay nada. Absolutamente nada.

-Señor Bruce, no quisiera ofenderle… Usted puede ser muchas cosas… pero no es un hacker. Su dominio de todas estas máquinas es envidiable, y estoy convencido de que aprendió mucho de ese psicópata de Morrow antes de que se volviera completamente loco y comenzase a llevar a cabo todas esas aberraciones. Es un gran detective, quizá el mejor luchador del mundo, si hacemos caso a las palabras de ese pintoresco Sensei del desierto… Pero no es un hacker. Obviamente, algo se le está escapando.

-Y necesito a alguien mejor para hacerlo.

-Estoy seguro de que en otro momento, podría…

-Espera-ordena Bruce, mientras lleva la mano derecha a una pequeña pantalla situada en horizontal a su derecha, sitúa la mano encima y pulsa un marcador holográfico. De inmediato, el sonido de un tono telefónico resuena en la zona de las pantallas, y Alfred pone los ojos en blanco.

-Me permito recordarle que son las tres de la mañana…

-¿Quién es?-pregunta al otro lado de la línea una voz que el mayordomo de inmediato reconoce como la de Lucius Fox, adormilado y sobresaltado.

-Soy Bruce. Lucius, ¿recuerdas el ataque informático que sufrimos hace un par de semanas?

-¿Qué? Bruce, son las tres de la mañana…

-Eso ya se lo había avisado-dice Alfred.

-Bruce, ¿quién está ahí contigo? ¿Alfred?

-Buenas noches, señor Fox. Un placer poder departir con usted a estas horas…

-Lucius, el hacker. El que se infiltró en todos y cada uno de nuestros sistemas. ¿Lo recuerdas?

-Capucha Escarlata-replica Fox, y Bruce asiente.

-Exacto. Quiero que le localices, Lucius.

-Bruce, la policía de ocho estados está detrás de ese personaje. Es más, lo que nos hizo en Industrias Wayne es una broma comparado con el volcado de datos clasificados procedentes del Pentágono  a las redes públicas que hizo en Noviembre. Las relaciones entre Estados Unidos y China difícilmente volverán a ser iguales.

-Ninguno de esos ocho estados tiene la tecnología que tenemos en Industrias Wayne-responde Bruce-. La mayoría de ellos no podrían ni pagarla. Lucius, quiero a Capucha Escarlata. Y lo quiero ya.

-Señor Bruce…-masculla Alfred, y Bruce enarca las cejas.

-O mañana-continúa diciendo-. Pero quiero que emplees todo el presupuesto necesario para encontrar a ese… friki.

-¿Lo podremos hablar mañana en el desayuno?

-No, iré después, desayunaré con mi prima.

-Ah, estupendo. ¿Consideras que Kate podrá devolverte la razón?

-No, no lo creo probable.

-En ese caso, pondré a gente a trabajar en esto desde primera hora-suspira Lucius, y Bruce asiente.

-Estupendo. Descansa.

-Lo intentaba…

-Hasta mañana, Lucius-dice Bruce, cortando la comunicación, y volviéndose luego hacia Alfred-. Acuéstate. Yo tengo que…

-Como usted quiera, señor Bruce, mi siguiente paso debería ser golpearle con un palo en la nuca o drogarle con alguna de esas sustancias tan imaginativas de sus dardos… y en Mongolia a mi no me entrenaron para vencerle. Que tenga buenas noches.

-Gracias, Alfred.

Alfred se dirige hacia el ascensor que comunica la cueva con la mansión, pero la voz de Bruce hace que se detenga.

-Alfred… Sobre lo que has dicho de Morrow… de Moreh… Lo que hizo con aquellas personas en Chequia fue terrible. Pero hubo algo que aprendí de él.

-Espero que no fuera a tratar de implantar elementos mecánicos en cuerpos vivos…

-No, Alfred. Me enseñó que el mañana no va a llegar solo. Quizá si un hombre… si un solo hombre… puede dejar atrás sus limitaciones, sus debilidades, pueda convertirse en otra cosa, pueda ser inspiración para otros… Y cambiar el mañana.

Alfred mira a Bruce en silencio. Tiene veintiocho años, pero de alguna forma, sigue siendo el niño que era aquella noche en el Callejón del Crimen. El niño que perdió a sus padres y se convirtió en una criatura desvalida a ojos de todo el mundo. Y tras aquella imagen de hombre, estaba la convicción de un niño, completamente convencido de que estaba haciendo lo correcto y de que sería capaz de cambiar el mundo. Antes de marcharse, Alfred no tiene más remedio que asentir.

Si alguien puede cambiar el mañana, ese es Bruce Wayne.


Gotham City, Comisaría Central.

¡Anoche esa mujer nos hizo quedar como idiotas!-aúlla el comisario Loeb, dando un golpe a la mesa de la sala de reuniones-. Esa zorrita de Vicky Vale le hizo creer a todo el mundo que la policía de Gotham no valía una mierda, y poco menos que nos acusó de cerrar los ojos para permitir que las mafias llenen de drogas nuestras calles…

-Chica lista-susurra la detective Montoya, y James Gordon asiente. Llevaba prácticamente dos años instalado en Gotham, procedente de Chicago, y si algo había aprendido en sus casi treinta años como policía, había sido a detectar la mierda. Y Gillian Loeb estaba metido en mierda hasta las orejas.

-Gordon-dice Loeb, y James alza la mirada hacia el comisario, tratando de esconder el frío desprecio y la inmensa pena que le produce que la seguridad de una ciudad como Gotham esté en manos de una alimaña como él-. Quiero que Bullock y tú os dediquéis a esto.

-¿A qué, comisario?-pregunta James, y a su lado, Renée Montoya sonríe. Incluso desde varios metros de distancia pueden escuchar el gruñido que se ahoga en la garganta del comisario Loeb.

-Batman. Quiero saber quien es Batman. O qué es. Quiero saber quien es el hijo de puta que nos está haciendo quedar como imbéciles.

-Señor, Bullock y yo estamos con el asunto del fiscal…

-Lo de Dent puede esperar-replica Loeb-. No se va a despertar mañana. El alcalde Goyer está muy enfadado, y con motivo.

«Claro, la mierda también le salpica”, piensa Gordon, esforzándose por parecer impertérrito. «Y a este paso, nadie estará interesado en relacionar el atentado contra Harvey Dent con Mario Falcone”.

-Desde este momento, quiero a todo el mundo pendiente del Muciélago-gruñe Loeb, haciendo un gesto para dar la reunión por finalizada-. Todos los policías. Detectives, agentes… Lo que sea necesario. Y todos los medios.

-Comisario Loeb…-dice finalmente Gordon, incorporándose mientras algunos de sus compañeros ya abandonan la sala-. Si todos estamos pendientes de ese… Batman, ¿quién va a encargarse de los criminales?

Loeb clava sus ojos en Gordon, y el silencio entre ellos, puede cortarse. Finalmente, el comisario deja la sala, y Gordon suelta el aire que había retenido en sus pulmones sin darse cuenta.

-Hijo de puta-susurra Montoya, dándole una palmada en el hombro a Gordon-. Vamos, papá (4), te invito a una cerveza. Bullock, ¿te apuntas?

-Claro-responde el compañero de Gordon, pero este niega con la cabeza.

-Voy a dejarlo todo preparado por si Loeb decide en algún momento que alguien nos tome el relevo en el tema de Dent. Y hoy es el cumpleaños de Bárbara. Quiero ir pronto a casa, y supongo que voy a hacer varios días con turnos infernales. Joder, Loeb nos ha puesto a perseguir a un fantasma…

-No creo que sea un fantasma-afirma Montoya, recogiéndose el largo pelo castaño en una coleta con un pasador de cuero-. Creo que es alguien que se ha cansado de dejar que esta ciudad se esté hundiendo en mierda, y está haciendo lo que alguien debería haber hecho hace mucho. Empezar a poner las cosas en su sitio.

-Todo eso es una mierda, Montoya-interviene Bullock-. Si ese Batman es de verdad alguien… ¿por qué vamos a dejar que él haga nuestro trabajo? Nosotros hemos tenido un entrenamiento, una cualificación. Estamos identificados, somos responsables de lo que hacemos. ¿Quién es él? ¿Qué le valida como… justiciero? ¿Cómo decide quien es un criminal y quien no lo es?

-No lo sé-responde Gordon, encogiéndose de hombros y mirando hacia su mesa, repleta de papeles del caso Dent-. Pero desde luego, me encantaría que alguien hiciera que esta ciudad fuera a mejor…


Gotham City. Industrias Wayne.

-¿Y bien?-pregunta Bruce, entrando en la oficina, dejando su chaqueta en una percha y sentándose en su sitio. Sentado frente a él, Lucius Fox se quita las gafas y las deja sobre la mesa, masajeándose el puente de la nariz.

-Bruce, antes tengo que hacerte una pregunta. El material que me pediste que diseñara. El uniforme, la capa, la capucha, todos esos gadgets… He visto los reportajes…

-¿Me vas a preguntar si soy Batman, Lucius?

-Sé que es una locura, pero…

-Sí-asiente Bruce-. Y como sé que entiendes por qué, vamos a ahorrarnos esa parte. Y como sé que entiendes por qué eso tiene que ser un secreto entre tú y yo, también vamos a ahorrarnos esa parte. Entiendes las dos cosas, ¿verdad, Lucius?

Fox pone los ojos en blanco, mirando hacia el techo. Llevaba treinta años viviendo en Gotham, y había visto como la ciudad se iba sumergiendo en un miasma de oscuridad desde hacía mucho tiempo. Desde la noche de la muerte de Thomas y Martha Wayne. Harvey Dent había luchado por enfrentarse a esa oscuridad, y ahora estaba en coma, y su mujer y su hijo habían muerto. Gotham se había sobresaltado cuando su caballero luminoso había caído, pero después había vuelto a su abotargamiento, a sumirse en el estupor que corría por sus calles. Habían vuelto al miedo porque no conocían otra cosa.

-Puedo entenderlo, sí-afirma Lucius, y Bruce asiente.

-Me alegro, porque no sé si podría hacer todo esto sin ti. ¿Qué sabemos de Capucha Escarlata?

-Como esperaba, ha sido imposible localizarle.

-No me lo puedo creer, Lucius, tiene que haber alguna forma de…

-Déjame terminar. No ha habido forma de localizarle, pero se ha dado cuenta de que estábamos rastreándole, y se ha puesto él en contacto con nosotros. Él nos llamará.

-¿Qué?

-Ha aceptado ponerse en contacto con nosotros, Bruce. Le ha parecido muy curioso que tuvieras una oferta que hacerle y quiere escucharla.

-¿Y cómo sabe que no le rastrearemos?

-Olvídalo. Ese chico es bueno. Muy bueno. No seríamos capaces de localizarle. Me estoy planteando el ofrecerle un contrato como asesor de seguridad para Industrias Wayne…

El teléfono de la sala suena, y Fox se sobresalta, respingando sobre el asiento. Bruce se inclina hacia la mesa y descuelga el teléfono, poniendo en funcionamiento el manos libres.

-Bruce Wayne-dice, y en el otro lado de la línea, se escucha una risilla, una voz obviamente distorsionada por algún tipo de ingenio.

-Es un placer extrañamente curioso hablar personalmente con usted, señor Wayne. ¿O puedo llamarle Bruce? He visto tantos momentos de su vida en los últimos días por todas partes que me siento como si fuéramos viejos amigos.

-¿Y como se supone que debo llamarle yo? ¿Señor Escarlata? ¿O puedo llamarle simplemente Capucha?

-Puedes llamarme Jack, Bruce. Es un nombre tan bueno como cualquier otro. Y bien, Bruce, su lacayo me informó de que tenía una oferta que hacerme. Ardo en deseos de saber qué puede requerir un hombre como usted de una rata como yo. ¿Hay algo en lo que realmente sus amigos, los Kane, los Elliott… o incluso los Kord y los Luthor no puedan ayudarle y esté en mis manos?

-Quiero encontrar a alguien-responde Bruce, que nota en la garganta un sabor ácido, al tragarse su propia rabia-. Y sé que tú puedes hacerlo.

-Vaya, Bruce. ¿Y encontrar a esa persona me va a suponer violar la ley? ¿Puentear sistemas de seguridad de la policía, el estado, la Interpol y esas cosas? ¿Me está induciendo al crimen?

-Jack…

-¡Ha ha ha ha ha!-ríe Capucha Escarlata al otro lado de la línea.

-Cinco millones de dólares, Bruce. Es lo que te costará.

-¿Qué?-exclama Lucius Fox-. Esa cantidad es una maldita locura… Bruce, no…

-Señor Fox, es obvio que mi amigo Bruce tiene dinero más que suficiente como para que un pago de cinco millones de dólares no le suponga demasiada molestia. Y estoy seguro de que ese dinero haría muy bien a una economía paupérrima… la mía.

-Cómo quieres el pago, Jack-masculla Bruce, y al otro lado de la línea, Capucha Escarlata vuelve a reír.

-En su ordenador acaba de recibir un correo electrónico en el que encontrará un número de cuenta. No se moleste en comprobarlo, señor Fox, el banco se encuentra en St.George (5), y no va a tener modo alguno de comprobar su titularidad. Bruce, tú y yo somos amigos, así que voy a ser bueno contigo. La mitad del dinero ahora, la otra mitad cuando te de la información que buscas.

-Es una locura-gruñe Lucius, pero Bruce le indica con un gesto que guarde silencio. Abre su portátil, y verifica que efectivamente, hay un correo con un número de cuenta. La dirección del remitente era BWAHAHAHA, y un servidor genérico. Capucha Escarlata, Jack, o como quiera que se llame, se está riendo de él, y sabe que Bruce es plenamente consciente e ello.

-La transferencia tardará unos minutos-responde Bruce.

-No importa, les pondré en espera-ríe Capucha Escarlata al otro lado de la línea, y de inmediato, comienza a sonar una música que Bruce reconoce enseguida. La Chica de Ipanema. Se lleva las manos a la cabeza, y Lucius se incorpora.

-Bruce…

-Es el hombre que mató a mis padres, Lucius. No hay precio para esto. No me importa lo que cueste.

Lucius guarda silencio. Durante años, todos habían pensado que la muerte de los Wayne había sido solo una triste casualidad. Con el regreso de Bruce y los descubrimientos que había hecho, Lucius había comenzado a dudar incluso de eso. ¿Y si tenía razón? ¿Y si había algo más detrás de aquello que todos habían considerado algo casual? Se deja caer de nuevo en un sillón, esperando.

-Ya-masculla Bruce, y de inmediato, la música se interrumpe.

-Estupendo, Bruce, estupendo-dice la voz burlona de Capucha Escarlata-. En estos momentos, siento que somos mucho más amigos. Bien, ¿qué necesitas, amigo mío?

-Quiero todo lo que puedas encontrar sobre Joe Chill-dice finalmente Bruce, y Capucha Escarlata ríe a otro lado.

-¿Ese no es el nombre el tío que se cargó a papá y a mamá?

-No recuerdo haber pactado que te diera explicaciones… Jack-gruñe Bruce, y Capucha Escarlata lanza una nueva risita.

-Un momento.

Y vuelve a sonar la Chica de Ipanema.

Dos minutos.

Cinco minutos.

Siete minutos.

Y de pronto, la voz de Capucha Escarlata vuelve a sonar.

-¡Vaya, que curioso! ¡Joe Chill no existe!-dice, con la voz tan aguda que a Bruce le recuerda el llanto de un gato-. No aparece por ningún lado, no está en ninguna parte, en ningún ordenador… Qué raro… ¿Pero sabes qué? Hay unos ficheros encriptados muy interesantes donde aparece un tal Joe Chill. Vaya, unos datos que están demasiado encriptados y protegidos para un ladronzuelo de poca monta… Que curioso. Bruce, esto te va a gustar. Joe Chill era el nombre utilizado por un tipo encantador. Guatemala, el Salvador, Pakistán… Uno de esos «chicos para todo” que al Tío Sam tanto le gusta contratar, enloquecer y que terminan ingresados en psiquiátricos o pegando tiros para protestar por todo cuanto su país les ha negado. Y se llamaba… ¡que curiosa coincidencia, Bruce, se llamaba Jack! Jack Napier.

De pronto, una imagen apareció en el ordenador de Bruce, la fotografía de un soldado, vestido con el uniforme del ejército de tierra de Estados Unidos. De inmediato, Bruce recuerda aquel rostro, en el Callejón del Crimen…

-Pero Bruce, amigo, me temo que las pistas sobre Napier desaparecen más o menos cuando murieron papá y mamá…

-Dame algo que me sirva, Jack-gruñe Bruce, y Capucha Escarlata ríe.

-Alguien se ha tomado muchas molestias para hacer desaparecer a Jack Napier de todas partes, amigo Bruce. Pero quizá hoy sea tu día de suerte. Hay un viejo compañero de promoción de Napier que continúa viviendo en Gotham, un compinche de sus años locos que ahora va disfrazado de ciudadano respetable. Pero eso serían dos nombres, Bruce… y tú pagaste por uno…

-Bruce…-dice Lucius, temiéndose lo que Bruce pudiera hacer en ese momento.

-Hh-gruñe-. Dame el otro nombre, Jack.

-Que voz tan amenazante. ¿Qué vas a hacer si no? ¿Soplar y soplar hasta derribar mi casa? Eres muy divertido, Bruce… Tanto que voy a ser generoso contigo. Judson Caspian es tu hombre. Espero que la charla sea productiva. ¡Adiós, Bruce! ¡Ha sido un placer hacer negocios contigo!

La risa de Capucha Escarlata comienza a sonar cada vez con más volumen, y finalmente, la comunicación se corta.

-Judson Caspian…-murmura Bruce, y Lucius se acerca a él.

-Bruce, ¿qué vas a hacer?

Bruce Wayne alza la cabeza, y por un instante, Lucius Fox a un paso atrás, conmocionado. Hay alguien ahí, con él… pero no está seguro de que sea el Bruce Wayne que él conoce.


Gotham City, East End.

-Oh, dios mío, Selina…

La joven sonríe, sentándose en el borde de la cama, mientras recoge del suelo unas finas braguitas de blonda y unos zapatos con un tacón de vértigo. Judson Caspian se incorpora en la cama, besando el hombro de la chica, que sonríe afectada, incorporándose y alejándose suavemente de las manos del hombre. Se dirige hacia la ventana y la abre, dejando que el aire nocturno entre en la habitación. Judson Caspian es un hombre alto, fornido, con el cabello que comienza a encanecer, y que no podría disimular jamás que era un antiguo militar. Estar con él no era del todo desagradable, Selina había lidiado en plazas mucho peores; al menos no tenía ninguna filia rara. Pero le gustaba muy poco que los hombres la tocaran después de aquel simulacro de amor que hacía con ellos. Cuatro gemidos, dos roces, un par de sacudidas… y Selina recogía el dinero correspondiente al servicio, antes de retirarse a su casa, con Holly y con sus gatos.

-El dinero está donde siempre-dice Judson, y Selina asiente, recogiendo un escueto vestido del respaldo de una silla, donde lo había dejado al llegar-. Sabes que eres mi chica favorita, ¿verdad?

-Lo sé-sonríe ella, girándose para que Judson le abroche la cremallera. Está deseando salir de allí…

Y ve algo en las sombras de la habitación.

Selina grita, Judson, sobresaltado, corre hacia una mesa y coge una pistola. ¿Es un murciélago gigante lo que hay allí? Selina vuelve a gritar, Judson apunta, pero antes de que dispare, algo se mueve en la oscuridad, y el viejo militar lanza un aullido de dolor cuando los huesos de su muñeca se rompen tras el impacto de un objeto contundente que parece semejante a un bumerang… o  a un murciélago…

Unas alas oscilan en la oscuridad, y de pronto, el cristal de las ventanas estalla, y Selina se da cuenta de que está sola en la habitación. El murciélago ha desaparecido, y también Judson. Se siente tentada de gritar, de buscar… pero Selina Kyle finalmente elige coger el dinero y salir de aquel piso corriendo. Holly va a flipar cuando se lo cuente… Además, ¿la policía no daba una recompensa por esa cosa, ese Batman?


-¡Que cojones haces!-grita Judson Caspian, desde una incómoda postura. Una fina cuerda atada a su tobillo y que el hombre disfrazado de murciélago sujeta es todo lo que evita que caiga veinte pisos abajo, estrellándose contra el suelo-. ¡No sabes quien soy! ¡No tienes ni puta idea de quien soy!

-Judson Caspian-sisea Batman-. Háblame de Jack Napier.

-¡No sé de qué me estás hablando! ¡No conozco a ningún aaaaaahhhhhh!

Caspian siente que cae, y puede verse a sí mismo convertido en un amasijo de huesos rotos y pulpa de carne en mitad de Hollow Street, pero se detiene bruscamente. Nota la humedad caliente en el vientre y el rostro, y grita.

-¡Joder, tío, me he meado encima! ¡Me he meado en la cara!

-Jack Napier-repite Batman, dejando que Caspian oscile bajo él.

-¡Era un gilipollas!-grita el exmilitar-. ¡Se creía mucho más de lo que era! ¡Trabajó un tiempo en operaciones encubiertas, y eso le dejó tocado! ¡No sé más!

-Mientes…

-No, no…-grita de nuevo cuando Batman le deja caer de nuevo, esta vez un segundo más, antes de volver a sujetar la cuerda-. ¡Está bien, está bien! ¡Cuando desapareció, estaba enredado con alguien,  le habían ofrecido medio millón de dólares por un trabajo sencillo!

-Quién fue.

-No lo sé, no lo… ¡espera, espera! No lo sé, te lo juro, pero Jack decía que era uno de los viejos. Uno de los búhos, ya sabes, las cabezas de las viejas familias de Gotham.

-Un nombre, Caspian-dice Batman, mientras las sirenas de policía que se aproximan, comienzan a llamar su atención-. ¡Un nombre!

-¡Hurt!-grita Judson Caspian-. ¡El nombre era Hurt!

Antes de darse cuenta, Judson Caspian está tirado en el tejado del edificio, solo. Una arcada revuelve su estómago y se gira a tiempo de vaciar el estómago sobre el tejado del edificio. Comienza a incorporarse cuando una fuerte viento y un estruendo ensordecedor le hacen caer de nuevo al suelo. Un helicóptero de la policía pasa sobre él, y trata de cubrirse los ojos con las manos para evitar que los focos le deslumbren.

¿Vienen a por él? ¿Le buscan a él?

No, había visto las noticias… buscaban al Murciélago.

Iban a por Batman.

 


 

Gotham City, cerca de Westchurch, apartamentos Aurora.

Los arquitectos de los apartamentos Aurora habían vendido la idea de la construcción de estos en el viejo solar del Cine Aurora como todo un evento para la ciudad de Gotham… aunque muchos gothamitas pensaban que era un error construir en aquel solar maldito. Aunque la mayoría de los habitantes de la ciudad negarían creer en maldiciones, claro. Sin embargo, los que deberían haber sido los compradores de los apartamentos Aurora, habían preferido no hacerlo, por mil motivos. Ninguno de ellos el miedo, claro.

Aunque si alguien escarbaba lo suficiente, soterrado en todos ellos, encontraría eso precisamente. Miedo. En aquel solar, los holandeses habían establecido su primera capilla, un templo evangelista. El pastor, cuyo nombre se había borrado de la historia de Gotham, había enloquecido, matando a siete de sus fieles antes de prender fuego a la pequeña iglesia. Con la marcha de los holandeses y la proximidad de la Catedral Anglicana de San Pablo (que daba nombre al barrio), los católicos compraron el solar y edificaron allí uno de sus conventos, donde cuidaban de enfermos y pobres. Un incendio en 1781 acabó con la vida de trece niños enfermos que no pudieron escapar cuando el fuego comenzó. Había sido un Wayne quien había comprado después aquel solar, quien derribó el viejo convento y construyó allí el que sería el primer hospital público de Gotham. Había sido a mediados del siglo XIX, y apenas había estado abierto durante siete años. Algo había fallado en la construcción, una falla se abrió en los cimientos, y el hospital se hundió sobre sí mismo. Los gothamitas dejaron de lado aquel solar cercano a San Pablo, hasta que en la década de los cuarenta se edificaron los cines Aurora. El fuego había acabado con ellos veinte años después.

Allí era donde una empresa neoyorquina había decidido construir el complejo de Apartamentos Aurora… que habían llevado a la crisis a la empresa, crisis que había concluido con la disolución de la inmobiliaria, el suicidio de su director financiero, y los apartamentos convertidos en viviendas de bajo coste con unas vistas inmejorables de la Catedral de San Pablo y el puente del Tri-State, uno de los más modernos y llamativos de Gotham, con sus gigantescas cadenas y sus tres arcos que formaban un curioso triángulo, alzándose el central a trescientos metros sobre el propio puente. Y era allí donde Simon Hurt se encontraba, sentado en un sillón, con una copa de brandy en la mano y ojeando un viejo libro que hablaba de las prácticas de los miagani, escrito por un antropólogo holandés en 1703, uno de los pocos documentos escritos sobre la presencia de aquella tribu desaparecida que había poblado la isla de Gotham. Cualquiera que viera a Simon Hurt en los Apartamentos Aurora, pensaría que se había vuelto loco. Los Hurt, con los Wayne, los Kane, los Elliott o los Vandermoor eran parte de las grandes familias de la ciudad. Ellos no vivían en zonas como los Aurora. Pero aquel era un lugar en el que Hurt se sentía tremendamente cómodo. Le parecía poder oler aún las cenizas, escuchar los gritos de los Trece de las Hermanas Blancas, notar en las paredes el temblor que había precedido el derrumbamiento del hospital. Casi podía paladear el dolor que había en aquel lugar. Y aquello le excitaba, le hacía sentir bien, hasta el punto de que casi podía notar la presión de su pene enhiesto contra el pantalón.  Más que su mansión, aquel era su hogar.

Su móvil suena, y Simon lo coge sin mirar siquiera la pantalla.

-Sí-dice.

-El Canal Doce-responde la voz al otro lado. Hurt enarca las cejas, pero no dice nada, se limita a incorporarse, coger el mando de una vieja televisión y encenderla. Las imágenes de los helicópteros de la policía siguiendo el rastro de un hombre que huye del Cuerpo de Policía en una moto, hacen que la incipiente erección desaparezca bruscamente y Hurt note la boca seca, como si hubiera masticado arena. No hay sonido, pero no le hace falta.

-El Murciélago…-susurra Hurt.

-Se supone que no iba a aparecer, Hurt-dice la voz al otro lado del teléfono-. Se supone que tú ibas a evitar esto…

-No me digas lo que debo hacer, Pierce-replica Hurt, enfadado-. El Murciélago ha despertado. El Guante Negro debe ponerse en movimiento.


1.- Tomek Ovadya Moreh, T.O.Morrow… o sea, tomorrow, «Mañana”

2.- Traducido del japonés

3.- Mothman: La Última Profecía, de 2002; dirigida por Mark Pellington sobre una novela de John A. Keel; contaba las apariciones de un extraño «hombre-polilla” que habían precedido a un dramático accidente en un puente en Point Pleasant, Virginia Occidental.

4.- En castellano en el original… bueno, el original es este, pero ya me entendéis.

5.- Bermudas.


LA CUEVA DEL MURCIÉLAGO.

¡Guau, número largo el de este mes! Y saga que se me está alargando un poquito más de lo previsto. Pero en fin, supongo que es cosa del personaje… que engancha al escritor. En este número avanzamos un poco más en la trama sobre la muerte de los padres de Bruce, y asistimos a la presentación oficial de Batman. Habíamos visto a Bruce Wayne en los números anteriores, pero Batman, como tal, se presenta aquí en sociedad, a ojos de los gothamitas y los vuestros. Y no solo Batman. James Gordon había aparecido ya en el número anterior, pero aquí le vemos acompañado de Bullock y Montoya, personajes conocidos por todos los fans de Batman. Y bueno, otros conocidos llegan: Vicky Vale, Judson Caspian, T.O. Morrow… Algunos para quedarse, otros para volver a aparecer más adelante.

En fin, simplemente, ¡espero que os guste!

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