Batman #4

#4 – Año Uno IV
Cazador y presa

Por Tomás Sendarrubias


Fecha de publicación: Mes 173 – 9/12


Hace 20000 años, Costa Este de Norteamérica.

Aquel era el día en que todo acababa.

El cielo ardía sobre sus cabezas, y los hombres de la Tribu del Murciélago se escondían en las cavernas que les servían de refugio, donde estarían a salvo de las estrellas que caían y del mar que se alzaba enrabietado. Sus historias decían que habían llegado a aquellas tierras cruzando el mar muchas generaciones atrás. El Clan del Murciélago, el Clan del Lobo, el Clan del Toro… Todos ellos habían cruzado el gran mar, escapando de la enfermedad que diezmaba a sus hermanos, y lo hicieron a través del hielo y el agua que no acababa, hasta alcanzar la tierra que habían convertido en su nuevo mundo. Había otros hombres allí cuando habían llegado, hombres de piel roja y ojos oscuros, que hablaban lenguas diferentes y adoraban a otros dioses, y durante mucho tiempo habían luchado, pero finalmente, los hombres de la Luna y los hombres de la Sangre se habían hermanado, y sus sangres habían corrido juntas.

Y ahora, todos esos linajes iban a morir, porque el cielo se precipitaba sobre ellos, el mar se alzaba, y llegaba el día que Viejo-entre -los -Árboles había predicho y había soñado. Un dios se desplomaba desde los cielos, desde el gran manto negro que sostenía las estrellas, ya arrastraría con él toda la creación. Viejo-entre-los-Árboles lo había visto, a pesar de que sus ojos habían dejado de ver este mundo, deslumbrados por la luz del otro. Los hombres, mujeres y niños de una decena de clanes diferentes habían acudido a las tierras del Murciélago en busca de refugio, y mientras Guardián-de-la-Sombra observaba como la oscuridad cubría el cielo, Corre-como-el-Viento y Sangre-en-las-Mejillas se aseguraban de que todos encontraban un lugar bajo tierra, un refugio en el reino del Murciélago.

Viejo-entre-los-Árboles había insistido en que Guardián-en-las-Sombras acudiera también al interior de las viejas cuevas, pero él era demasiado orgulloso, estaba demasiado acostumbrado a enfrentarse a la oscuridad como para encerrarse en una tumba en vida con los ancianos y las mujeres. Guardián-en-las-Sombras había sobrevivido a la Jauría, se había enfrentado a los Sin Piel, y había observado la luna más allá de los árboles. El Murciélago le había hablado en persona, había acudido a él cuando buscaba su Voz, después de beber los amargos brebajes de Viejo-entre-los-Árboles.

Si un Dios iba a caer a la tierra, Guardián-en-las-Sombras quería verlo. Quería ver su rostro. Quería ser testigo de aquella caída, aunque aquello le costara la vida, y Viejo-entre-los-Árboles había dicho que así sería, que si se quedaba fuera, perecería.

Viejo-entre-los-Árboles jamás se equivocaba.

Aunque había algo más. Guardián-de-la-Sombra sabía que Viejo-entre-los-Árboles ocultaba algo. El anciano había visto más de lo que había contado, algo que no había contado.

El cielo se desgajó sobre las Tierras del Murciélago.

Guardián-de-la-Sombra había escuchado los grandes truenos de los Cuervos de la Tormenta, había visto las lanzas de luz que se arrojaban y que iluminaban el cielo en sus batallas, y muchas veces había temido que en sus enfrentamientos, hicieran caer el orbe de las estrellas sobre los hombres. Y sin embargo, jamás había escuchado un ruido así. Y lo vio caer.

Quizá Viejo-entre-los-Árboles o el contador de historias, Canta-en-la-Mañana, hubieran podido describir aquello, pero para Guardián-en-la-Sombra no había palabras. Era el sello del fin, la oscuridad ardiente que se precipitaba de los cielos hacia la tierra, el dios derrotado, herido, vencido. Era como si la propia tierra que le rodeaba rugiera llamándole, era como si el propio cielo se lamentara al verse oscurecido, manchado. La luz se quebraba con un sonido audible, y Guardián-en-la-Sombra se aferraba a los resquicios de su propia cordura, sabiendo que todo aquello que estaba ocurriendo a su alrededor era imposible, porque el dios se precipitaba y el mundo se resentía.

Y entonces, Guardián-de-la-Sombra se dio cuenta de lo que Viejo-entre-los-Árboles había visto. Porque aquella estrella de fuego y oscuridad se precipitaba hacia ellos, hacia el lugar en el que se encontraban las cuevas. Y cuando se estrelló contra el suelo, este tembló, y Guardián-de-las-Sombras cayó al suelo cuando este se licuó bajo sus pies, y en ese momento él supo que debería haber muerto. Pero algo gritó en la oscuridad, algo que se oponía a ese dios caído, algo que le había envuelto, porque el propio aire estaba en llamas, lleno de fuego y del vapor del agua del mar que se había vaporizado. Las alas del Murciélago parecían envolverle, protegerle de aquel mundo que se derrumbaba sobre sí mismo. Piadosas, las alas le oscurecieron la mirada, salvaguardando así la poca cordura que le quedaba.

Guardián-de-las-Sombras perdió la noción del tiempo, del cuando, e incluso del donde, protegido por las negras alas del Murciélago. Y para cuando estas desaparecieron, sintió que la luz se le clavaba en los ojos como puntas de centelleante sílex. Los párpados le lagrimeaban, el aire estaba turbio, lleno de hollín, y nubes de cenizas cubrían el cielo, escondiendo las extrañas luces provocadas por la caída del dios.

La tierra había cambiado. Las tierras que habían dado cobijo al Pueblo del Murciélago se habían quebrado y habían caído a las profundidades. El mar las había cubierto, y solo una parte muy pequeña de lo que habían sido las tierras del Pueblo del Murciélago continuaban sobre el mar,  una isla oscura, cubierta del esqueleto quemado de los bosques calcinados, una mancha de sombras de la que brotaba la oscuridad que ascendía hacia el cielo y asfixiaba todo lo que tenía cerca, como… como si una mano se alzara desde aquella siniestra oscuridad, tratando de atrapar toda luz, toda vida. La imagen de la mano pronto desapareció, arrastrada por un viento ardiente, y Guardián-de-las-Sombras, finalmente corrió.

Porque el Murciélago había susurrado algo en sus oídos en la lengua de los espíritus y los muertos, y ahora Guardián-de-las-Sombras, sabía. Sabía que Viejo-entre-los-Árboles había visto todo aquello, y que había visto que él sobreviviría. Y sabía por qué debía sobrevivir mientras el resto de su gente, su sangre, moría al hundirse las cavernas que habían querido convertir en su refugio.

“Recuerda”, había dicho el Murciélago, “y haz que recuerden”.


Museo de Historia de Gotham, hoy.

-… las pocas historias que conservamos acerca de los Miagani sólo nos dejan una cosa clara-explica el doctor Samuel Dane a un pequeño grupo de personas que se habían reunido a su alrededor, junto a la pieza estrella de la exposición Pueblos Nativos de Gotham en el Museo de Historia, financiada por Industrias Kane. Kate asiente, interesada, y lanza una mirada centelleante a Tommy, en cuyos labios comenzaba a asomar una sonrisa ácida. Puso los ojos en blanco, se ajustó la corbata y siguió escuchando al doctor Dane, que parecía orgulloso por la audiencia recibida-. Y es que se consideraban un pueblo guardián, los protectores de la tierra en la que luego se alzó nuestra querida Gotham.  Hubo un marinero holandés, Marcus van Vergenberg que recuperó varias historias de los miagani cuando llegó a nuestras costas hacia 1649. Nadie más consiguió hablar con el Pueblo Murciélago como Van Vergenberg, y apenas quedan un par de impresiones de su Historias del Pueblo Murciélago. Por supuesto, una forma parte de la exposición, y en todas las historias que los miagani le contaron, se habla de una gran oscuridad que cayó el cielo, la Gran Maldad que el Pueblo Murciélago contenía bajo la tierra de nuestra ciudad.

-Muy interesante, doctor Dane-dijo Kate, y el doctor enrojeció, obviamente encantado de tener la atención de una mujer como esa. Kate estaba espléndida esa noche, con el pelo recogido de forma que cayera sobre su hombro izquierdo, y un vestido de color aguamarina que le dejaba los hombros desnudos-. Aún más, creo que es una historia fascinante que espero que pueda desarrollar mucho más en la mesa redonda de mañana sobre la repercusión de los marineros holandeses en la desaparición de los miagani.

-Por supuesto, señorita Kane, el tema es muy interesante, y seguro que los gothamitas están deseando saber más sobre la historia de nuestro propio enigma local…

-Sin duda, doctor-asintió Kate-. Ahora, si me disculpa, creo que he visto a mi padre llamarme, probablemente me necesiten para algo mucho más prosaico, como revisar la presentación de los canapés-los presentes rieron ante la ocurrencia de Kate, que sonrió de nuevo para despedirse, y Tommy se apresuró a seguirla.

-¿Tu padre? Creo que no he visto al señor Kane desde que la fiesta empezó…

-Mi padre probablemente se haya encerrado con cuatro amigos en alguna sala recóndita, con una botella de Henessy y una baraja de póker-respondió Kate, encogiéndose de hombros-. Odia este tipo de eventos, aunque le encanta el buen nombre que le dan a Empresas Kane, claro. Y para eso estoy yo, soy imagen de marca.

-Y una gran imagen-sonríe Tommy, cogiendo dos copas de champaña de la bandeja de un camarero y tendiéndole una a Kate, que toma un pequeño sorbo, entrelazando su brazo con el de Tommy, y dirigiéndose juntos a uno de los balcones del museo-. Esta noche estás preciosa.

-¿Esta noche?

-Siempre, ya lo sabes. Pero hoy estás espectacular. Kate, quizá deberíamos…

-Para, Tommy, no sabes aceptar un no por respuesta, así que lo mejor es que no te lo ganes.

-Me rompes el corazón.

-Tengo dudas de que tengas corazón.

-Ahora sí que me lo has roto.

Kate sonríe y se inclina sobre Tommy, besándole despacio en la mejilla, y luego mira hacia le exterior. Parece que va a decir algo, pero en ese momento, un pitido suena en el bolsillo de Tommy, que se encoge de hombros mientras saca su Smartphone y observa unos segundos. Enarca las cejas, y Kate se dispone a preguntar qué ocurre cuando su propio móvil suena desde su bolso de mano.

-Será mejor que lo veas, esto es muy raro-dice Tommy, y Kate saca el móvil, viendo que tiene un twit en el que alguien ha compartido un vídeo que parece grabado con la cámara de un teléfono.

-¿La policía persigue a Batman?-pregunta Kate, y Tommy asiente-. ¿Qué demonios se supone que significa eso?


Gotham City, East End.

Bruce no puede creérselo cuando se da cuenta de que la policía le está buscando a él.

Precisamente a él.

Sin embargo, no titubea ni un momento. El foco se acerca a él demasiado, y si le señalan claramente, sabe que ofrecerá un blanco a los tiradores de la policía. Quizá no quieran disparar a matar, pero no podía arriesgarse, así que corrió por encima del edificio en el que había interrogado a Caspian (1), y saltó por el hueco que había entre ese edificio y el colindante. Mientras caía a plomo, se giró en el aire y disparó con uno de los ingenios que había sacado de su cinturón, de modo que una resistente cuerda de nylon entretejida, voló desde su mano hacia el tejado, clavándose con unas afiladas puntas mientras Bruce sujetaba el aparato a su cinturón para evitar el golpe seco del anclaje. La capa osciló a su espalda, como un aleteo, mientras la luz del helicóptero le buscaba inútilmente. Bruce agradecía el entrenamiento exhaustivo, las locuras que había hecho siguiendo las órdenes de Sensei, o de Nikolai Mikhailovitch, el mejor entrenador de deportistas de élite de la antigua Unión Soviética. Se arqueó de forma casi imposible para pasar por encima de una verja, y corre hacia un callejón.

-¡Alto!-grita un agente de policía, y Bruce ve que dos miembros del cuerpo de policía de Gotham se acercan a él corriendo, empuñando sus armas-. ¡Arriba las manos!

-Hh-gruñe, y con un movimiento rápido, arroja un par de boomerangs de fibra de carbono hacia los policías, tallados con la sesgada forma de un murciélago. Uno de ellos, asustado, se tira al suelo, pero el otro se aparta a tiempo, aunque le da a Batman el tiempo necesario para lanzarle una pequeña esfera que estalla en el aire, una bomba de magnesio, que lanza un destello tan fulgurante que, durante varios minutos, el policía sólo verá luces.

Necesita poner espacio entre él y la policía, no quiere que las noticias le acusen de agresión a los cuerpos de autoridad, o que algo se tuerza y ocurra lo que debería ser imposible, que le atrapen. Lanza de nuevo su cuerda, y se cuela en el segundo piso de un edificio en ruinas, con fecha de demolición para dos días después, y corre por el pasillo, escuchando el ruido de los helicópteros sobre él, saltando sin pensárselo dos veces por la ventana que hay al final del corredor.

-¡Ahí!-exclama uno de los periodistas que se encuentra en un helicóptero del Gotham Gazette, y por primera vez, la imagen de Batman puede verse en todo el mundo a través de internet y las redes sociales, una primera imagen que quedaría marcada para siempre en la historia, la del gran murciélago emergiendo desde una de las ventanas de un edificio en ruinas y extendiendo sus alas. Una imagen fugaz, efímera, pues Batman utiliza su capa para planear hacia un nuevo callejón, y pronto desaparece de la cámara-. Acojonante-sisea el cámara, y su compañera señala las calles de alrededor.

-La policía está rodeando la zona-sisea-. Pronto no tendrá una salida.

-Ese hijo de puta de Loeb (2) estará contento-gruñe el cámara.

-Tenemos que volver a encontrarle-afirma ella, y él asiente, sin saber que seis meses después, la ciudad le dará un premio por aquellas primeras imágenes del Murciélago.

-¡Hemos cerrado el círculo, comisario!-informa por radio McOrkey, el segundo al mando de Loeb, y Gordon lanza un reniego al darse cuenta de que, efectivamente, esta vez el comisario ha trabajado a fondo con la operación de captura. Ese Batman no tendrá por donde salir, la policía  controla cada salida, cada calle…

-Tiene que estar ahí-dice McOrkey, señalando un pequeño edificio de dos plantas, rodeado por la luz de los focos de los helicópteros-. Vamos a sacarle de su agujero. ¡Gordon, Scott, Hurret, Servey, Atkinson, conmigo!

-Deberíamos esperar…-sisea Gordon, y McOrkey sonríe.

-Venga ya, Gordon. ¿No quieres ser tú el agente que detenga al Murciélago?

-No lo tengo muy claro.

-Eres un blando, Gordon-ríe McOrkey-. Pero quizá en algún momento podamos hacer de ti un hombre. Te quiero en primera línea. Vamos.

Hurret y Servey lanzan una mirada socarrona a Gordon, que pone los ojos en blancos mientras ocupa su lugar en el equipo liderado por McOrkey, obviamente decidido a prender al Murciélago y colgarse la medalla ante el Comisario Loeb. Los policías se acercan a la entrada del edificio, y Servey abre la mugrienta puerta de una patada. El interior del edificio está a oscuras, y los agentes de la policía tienen que sacar sus linternas, convirtiendo los pasillos en el corredor en un batiburrillo de luz blanca, completamente aséptica. El grupo se mueve de forma coordinada, y Gordon vuelve a pensar que si la policía de Gotham no funciona es sólo porque alguien no quiere que funcione, sus hombres están bien preparados.

-Quiero un registro pormenorizado-susurra McOrkey, y Gordon asiente, haciéndole un gesto a Atkinson para dirigirse juntos hacia una de las puertas, y abriéndola para encontrarse un viejo piso vacío.

-¿Por qué iba ese Batman a encerrarse aquí con toda la policía de Gotham alrededor?-masculla Atkinson, y Gordon se encoge de hombros.

-¿Y mientras nosotros estamos aquí, quien se encarga de los criminales?-gruñe Gordon, y Atkinson le mira con el ceño fruncido.

-Ese tal Batman es un criminal…

-¿Seguro?-dice Gordon, señalando hacia la puerta-. Este sitio está vacío.

Atkinson y Gordon salen al pasillo, y se encuentran con el resto del equipo. El sitio es pequeño, no tardarán mucho en dar con el Murciélago, si realmente está allí.

-¡Ahí!-exclama Hurret, y todos se giran bruscamente hacia el lugar indicado por el agente, pero no hay nada.

-Hurret, hijo de puta, si vuelves a darnos un susto como ese, te juro que te comerás tus propias pelotas-gruñe McOrkey, pero en ese momento, Gordon se da cuenta de que efectivamente algo se ha movido delante de ellos. Hay una puerta entreabierta, lo que debía haber sido una sala de limpieza o de mantenimiento.

-¡Alto!-grita McOrkey, avanzando decidido hacia la pequeña puerta, y prácticamente abalanzándose dentro.

Gordon lo ve sólo un momento, la sombra del Murciélago, la capa, el símbolo del pecho… y en ese momento, Batman pulsa algo entre  sus dedos, y Gordon se da cuenta de que hay una trampilla abierta bajo él.

Un viejo desagüe, una conexión a las alcantarillas, o a alguna de las viejas cuevas que horadan Gotham… Gordon escucha un grito, y de inmediato, casi por inercia, se arroja al suelo mientras centenares de murciélagos brotan de la habitación oscura, enredándose en el pelo y las cabezas de los policías, golpeándoles con sus alas, y sembrando el caos en el edificio y los alrededores.


-¡Que asco!¡Murciélagos!-grita Holly, cerrando de golpe las ventanas y echando las cortinas del viejo piso que compartía con Selina Kyle, que observaba los tumultos del barrio desde el pequeño balcón del piso, ataviada solo con un pequeño camisón de encaje-. Selina, cierra ahí, si se cuela un murciélago me muero.

-Son solo ratones con alas, Holly-sonríe Selina, contemplando como el viejo edificio Monroe se convertía en una especie de fuente de murciélagos. Un gato blanco con manchas negras en las orejas y el hocico se restriega contra sus piernas, y Selina se agacha y lo coge entre sus manos, acariciándole las orejas-. Y tenemos protección contra los ratones. Quizá no debía haber hecho esa llamada…

-Venga ya, Selina-gruñe Holly-. Podrás comprarte ese vestido que vimos en Lutton´s, estarás preciosa… y podrás dejármelo…

-Es un vestido demasiado bueno para un barrio como este… para una ciudad como esta…-responde Selina, encogiéndose de hombros-. ¡Dios mío, Holly, mira!

Holly corre hacia el balcón, y se lleva las manos a la boca sorprendida al ver como de entre el manto de murciélagos emerge Batman, montado en una moto, bajando a toda velocidad por Government Street hacia Correign Gardens. La capa ondea a su espalda, y Selina lo observa, completamente fascinada mientras acaricia al gato. Otra docena de felinos las rodean a ella y a su compañera, que apenas reparan en ellos.

-Le cogerán en Correign-dice Holly, y Selina niega con la cabeza.

-No podrán con él-masculla ella-. Todo esto es una mascarada… No podrán cogerle…


Batman se dirige a toda velocidad hacia el cordón policial. Dos finas láminas de cristal líquido cubren sus ojos, permitiéndole ver las calles a su alrededor y al mismo tiempo, acceder a los sistemas informáticos de la Batcueva, y por lo tanto, prácticamente de toda la ciudad. Con las redes de vigilancia controladas, puede ver donde está cada una de las unidades de policía, y ha encontrado el punto débil en ese círculo. Si consigue evitar a las unidades situadas en el final de Government, podrá entrar a la vieja estación de metro abandonada de Correign, una línea ya cerrada tiempo atrás, desde la que podrá acceder a las cuevas y llegar a la Mansión. Necesitaba una forma de moverse en superficie, un coche con algunas modificaciones que Lucius estaría encantado de desarrollar…

Los murciélagos habían servido a su propósito, habían sembrado el miedo y el caos, permitiéndole abrir varias brechas en el cordón policial, y aún mantenían ocupada a la policía en el barrio, pero pronto se dispersarían y la policía volvería a tener una visión completa de la zona. Necesitaba desaparecer antes.

-¡Está ahí!-escucha que dice alguien, pero no frena, aunque comienza a hacer eses con la moto para evitar ofrecer un blanco fijo a los policías, que se preparan para disparar. Hace oscilar la moto, rozando casi el suelo con la rodilla, en busca del ángulo correcto para lo que necesita… Si lo demora un segundo más se estrellará contra la barrera policial, así que pulsa el botón de su cinturón y el cable de seguridad sale disparado, clavando sus púas en el repecho del tejado de el edificio que tiene a la derecha, justo encima de los policías, consiguiendo el ángulo adecuado para el efecto péndulo que busca, y dejando a los policías boquiabiertos mientras Batman hacia girar la moto de forma que, con el apoyo del cable, las ruedas comenzaron a recorrer la pared del edificio, pasando por encima de lo policías y cayendo a varios metros tras el cordón policial, apresurándose a perderse entre los árboles de Correign antes de que la policía pudiera reaccionar.

-¡¡Quiero la posición del murciélago!!-gruñe Loeb a través de los sistemas de comunicaciones, y Gordon se limita a arrancarse el comunicador que lleva en el oído, dejándose caer en el asiento de copiloto de su coche. No quiere escuchar lo que Loeb dirá cuando se entere de que Batman ha desaparecido, que los helicópteros son incapaces de encontrar su posición.

Gordon sonríe.


Mansión Wayne, Ciudad de Gotham.

Satisfecho, Bruce desciende del transbordador, habiendo comprobado que funcionaba perfectamente. Había utilizado parte de las cuevas naturales que había bajo Gotham y parte de la red de metro abandonada a favor de los monorraíles de superficie que había implantado su padre en la ciudad para conectar diferentes puntos de la urbe con la Mansión, lo que le permitía moverse por Gotham con cierta discreción. Aún así, estaba convencido de que necesitaba un medio de transporte para desplazarse por las calles de la ciudad, hablaría de ello con Fox.

Bruce se nota alterado, hay un millar de sensaciones diferentes pugnando dentro de él. La adrenalina de la huída aún bulle en su interior, pero comienza a retirarse, dejando detrás de ella un rastro de cansancio. Ha escapado de la policía de la ciudad, y lo ha hecho sin dejar atrás ningún herido ni a nadie afectado, pero saber que se ha convertido en objetivo del Cuerpo de Policía le hace sentir aturdido. Y por fin ha descubierto quién se encontraba tras el asesinato de sus padres, pero había resultado ser una persona a la que consideraba prácticamente de su familia.

Simon Hurt, su padrino, el hombre que había dirigido Industrias Wayne durante su periplo mundial tras la muerte de Thomas Wayne… Y eso le dejaba a Bruce un sabor amargo en la boca, porque no entendía el motivo. Desde luego, Hurt no necesitaba el dinero de los Wayne, su fortuna personal era  considerable, y a pesar de que la codicia era capaz de mover imperios, Bruce no creía que algo tan banal como el dinero pudiera mover a Hurt a asesinar a los que habían sido sus mejores amigos, Thomas y Martha Wayne. O para encargar a alguien que asesinara al propio Bruce, pues al fin y al cabo, sólo el azar había determinado que Joe Chill (o Jack Napier, como realmente se llamaba) acabara muerto en Park Row, sólo la fortuna que había llevado a un joven policía a aquel rincón de la ciudad en el momento adecuado. Un segundo demasiado tarde para sus padres, un segundo demasiado pronto para Jack Napier.

La puerta de titanio que aísla la Batcueva del resto de las cavernas que se encuentran bajo la Mansión Wayne se abre con un siseo cuando Bruce se acerca, reconociendo la señal emitida por un sistema integrado en su cinturón, y sube los escalones que le llevan hacia la zona central de la cueva mientras se quita la capucha. Dejando la capa sobre un maniquí de tamaño real, Bruce se acerca al panel de control, pasa sus manos sobre él, y de inmediato, docenas de pantallas aparecen por doquier, creando a su alrededor la Info-Esfera de la que tan orgulloso se sentía. Necesita asegurarse de que todo está bien antes de centrarse en las preguntas que le corroen.

Todas las cadenas locales y parte de las nacionales hablan de él. El hashtag “Batman” dobla al resto de mensajes de twitter. Incluso las noticias procedentes de Metrópolis sobre una especie de superhombre con una capa roja habían pasado a un segundo plano. Todo el mundo hablaba del Murciélago de Gotham. Loeb daba una rueda de prensa, enrojecido y obviamente furioso, y una Vicky Vale que obviamente disfrutaba de la situación, empujaba una y otra vez al comisario contra las cuerdas. El Alcalde Goyer no daba señales de vida. Sólo había una noticia que parecía bordear de cerca la huída de Batman del Departamento de Policía de Ciudad de Gotham: por fin se había elegido un nuevo fiscal para el caso Falcone, Jill Carlyle, una mujer procedente de Washington, ya que al parecer, nadie en Gotham quería ocupar el lugar de Harvey Dent. Debía ir al hospital a ver a Harvey, debía hablar con Tommy y con Kate, tenía muchas cosas que tratar con Lucius…

Y tenía que buscar a Simon Hurt y enfrentarle con la verdad, son sus pecados del pasado. Necesitaba saber por qué había traicionado así a sus padres, cuál era su objetivo.

-Alfred-llama Bruce, utilizando el sistema que comunica la Cueva con la Mansión, pero no hay respuesta. Bruce mira un reloj en una de las pantallas. Tarde, pero demasiado pronto para que Alfred esté dormido-. ¿Alfred?

-Ah, Bruce, bienvenido-dice alguien al otro lado del intercomunicador-. Alfred y yo te estábamos esperando en la biblioteca. ¿Eres tan amable de reunirte con nosotros?

-Simon…-sisea Bruce al reconocer la voz. ¿Qué demonios hace Hurt allí?-. Que sorpresa…

-Bruce, aparca la farsa. Sé que eres ese Murciélago que recorre las calles. Y Alfred me ha puesto al corriente de tu trato con ese hacker sobrevalorado, ese Capucha Escarlata, así que supongo que en estos momentos, tú ya sabes también quien soy yo.

-Un grandísimo hijo de puta-sisea Bruce, mientras despeja la Info-Esfera de la información procedente del exterior y conecta con los sistemas de seguridad de la propia Mansión. Están en la biblioteca. Hurt, vestido de forma extraña, con un traje de tres piezas, una capa negra, guantes de cuero y un antifaz que recuerda vagamente el rostro de un murciélago, lo que le pone el vello de punta. Alfred está con él, sentado en un sillón de la biblioteca. Acerca el zoom, y ve numerosos golpes, cortes y llagas en el rostro de su mayordomo. Está atado con un hilo afilado, y tiene al menos dos dedos rotos. Y al menos dos docenas de hombres parecen patrullar los diferentes pasillos y el jardín de la Mansión.

-¿Qué hubiera dicho tu madre si te hubiera oído hablar así?-sonríe Hurt-. Vamos, Bruce, te estamos esperando.

Simon se gira hacia el lugar exacto en el que se encuentra la cámara de la biblioteca y hace un gesto, como llamando a Bruce a su encuentro. ¿Cómo demonios a encontrado Simon la cámara?, se pregunta Bruce. El doctor lleva algo en la mano, una especie de caja… pero en ese momento, la conexión se interrumpe, y las pantallas de la Info-Esfera no muestran más que estática.

-Ven, Bruce, o me haré unos guantes con la piel de tu mayordomo.

Por algún motivo, Bruce sabe que aquello no es una amenaza vacía.


Cerca del Parque Robinson, Ciudad de Gotham. Hoy.

Iba a dejar esa maldita ciudad. Iba a dejar de ver el rostro de aquella horrible casera. De oler la peste a orín y sudor del hombre que vivía en la puerta de al lado. De escuchar los ruidos y alaridos procedentes del Parque, donde las bandas medraban a su antojo. De estar encerrado en aquella habitación que se había convertido en su prisión, en su celda.

Ahora era millonario, inmensamente rico. Se marcharía de Gotham y se instalaría en… Aún no lo sabía. Se merecía unas vacaciones, un viaje a algún sitio con sol y playa, y donde hubiera chicas de las que pudiera disfrutar, y también chicos, le daba igual. Con tanto dinero, no tendría más que bajarse los pantalones y ver cómo se peleaban por chupársela. Y luego, se iría a vivir a una ciudad de verdad, a un lugar donde vivieran los inmensamente ricos. Quizá Bermudas, o aún mejor, Dubai. Iba a comenzar una vida completamente nueva.

La puerta del apartamento se abre bruscamente, y varias astillas saltan por los aires. Se da la vuelta a tiempo de ver como media docena de hombres entraban en su minúsculo apartamento. Lo primero en que pensó fue que la policía le había encontrado, y se alegró de haber borrado todos los ficheros de su ordenador, y de haber pasado sus CD´s y discos duros por el microondas. Sin datos, no podrían imputarle ningún cargo. Casi empezaba a sonreir cuando se dio cuenta de que no eran policías, de que no llevaban placas, de que su actitud era demasiado meticulosa para ser simples policías que habían encontrado un objetivo. Uno de ellos le apuntó con un revólver de aspecto pesado. Vestía con un traje de color gris carbón y una corbata de seda italiana que hubiera costado el sueldo de varios meses de un policía medio.

-¿Qué hacen aquí? ¿Quiénes son?-pregunta, asustado y retrocediendo hasta chocar con una mesa.

-Que te has pasado de bocazas, crío-dice uno de los hombres, y el del revolver sonríe, con una risa que le pone los pelos de punta al muchacho. Sin dejar de apuntarle, saca un móvil del bolsillo interior de la americana, y se lo acerca al oído.

-Hurt, soy Pierce-dice el hombre-. Lo tenemos. Es un jodido crío. El puto Capucha Escarlata es un jodido crío.


Mansión Wayne, Ciudad de Gotham, ahora.

Lo primero que Bruce se plantea es atacar a los hombres de Hurt, pero pronto desecha esa idea. Tienen a Alfred, y Hurt no dudaría en matarle. Recoge la capucha del maniquí donde la había dejado, y se pone la máscara. Hasta ese momento, se ha enfrentado a las sombras de Gotham con más sombras, ahora tendrá que hacerlo de frente. Sin más, abre las puertas que dan acceso a la Cueva desde la Mansión, y entra a través de uno de los pasillos de la casa, cerca de la biblioteca. Tres hombres de aspecto rudo, pero vestidos con trajes caros, de calidad, le apuntan de inmediato con varias pistolas, y Bruce siente el nudo en la garganta que nota cada vez que se encuentra al otro lado de un cañón, como si en esos momentos volviera a encontrarse en Park Row.

Ni Batman cede ni ninguno de ellos dispara. Simplemente se apartan para permitir que Bruce llegue a la biblioteca, y uno de ellos la abre, franqueándole el paso. Dentro puede ver a Alfred, aturdido y con la mirada prácticamente vacía, y a Hurt, que está colgando su móvil, deslizándolo al bolsillo de su pantalón.

-Ah, Bruce-dice-. Te encantará saber que mis hombres han encontrado a tu hacker. Bueno, creo que considerarás que le hemos hecho un favor a Gotham, era una lacra para todos.

-La policía lleva buscando meses a Capucha Escarlata-responde Bruce-. ¿Tengo que creerme que tú le has encontrado con tanta facilidad?

-Oh, Bruce, hay tantas cosas que tendrías que saber-responde Hurt, mostrándole lo que llevaba en la mano y Bruce había visto en la cámara de seguridad, una especia de pequeña caja del tamaño de un puño. La impresión de Bruce es que no era del todo sólida, a pesar de que parecía completamente material. Líneas de luz la cruzaban de un lado a otro, continuamente, creando extraños diseños vagamente hipnóticos-. Hay tecnología tan incomprensible que muchos la llamarían magia. Si ese crío hubiera estado callado, seguiría vivo. Puedes cargar su muerte sobre tu conciencia, Bruce, al igual que la de tus padres.

-Hh-gruñe Batman-. Simon, tienes mucho que explicarme. A mi y a la policía. Deja a Alfred y…

-Bruce, Bruce, aún no te has dado cuenta de que la policía es nuestra. Bueno, de que toda la ciudad es nuestra. Lo observamos todo, lo vemos todo. Gotham es nuestra ciudad. La ciudad del Guante Negro.

-Deja a Alfred, Simon-ordena Batman y Hurt niega con la cabeza.

-Es tu seguro de vida, Bruce. No quiero que hagas alguna tontería y tener que matarte. Con Alfred aquí te comportarás como un niño bueno, ¿verdad Bruce? Me escucharás y harás caso de todo lo que te diga.

-Sólo quiero saber por qué, Simon. Por qué lo hiciste.

-Por esta ciudad, Bruce. Y por ti. Solo por ti.

-¿Por mí? Simon, era un crío…

-De alguna manera, lo sigues siendo, Bruce. El mismo niño que sobrevivió en Park Row. Recuerdo que cuando te vi con Leslie quise retorcerte el cuello yo mismo. No deberías haber sobrevivido, todo aquello ocurrió por ti, sólo por ti… y para que no te convirtieras en esto. Nunca deberías haber llegado a ser el Murciélago.

-Nunca hubiera sido esto si mis padres…

-¿Si tus padres no hubieran muerto? No, Bruce, no te equivoques. Batman era tu destino desde mucho antes de que tus padres murieran en Park Row. El Murciélago.

-Escúchate, Simon, no dices más que tonterías… Ese disfraz, ¿tú mismo te vistes de Murciélago? ¿Qué significa todo esto?

-Que esto es mucho más grande de lo que te imaginas, Bruce. Tu llegada había sido predestinada por vaticinios anteriores incluso a la época de los holandeses. El Murciélago que protegería Gotham, que se alzaría sobre los dominios del Dios Caído. ¿Por qué sabes, Bruce? Hay un Dios bajo esta ciudad, y nosotros, el Guante Negro, somos sus manos. Sus oídos y sus ojos. Los hacedores de su voluntad. Pero el Murciélago… El Murciélago, Bruce, puede cambiarlo todo. El Guante Negro te señaló, tú eras el heredero del Manto del Murciélago. Tu padre nos abandonó por ello, cuando creyó que…

-¿Mi padre? ¿Qué estás diciendo?

-Que Thomas era uno de los nuestros, ¿no es obvio?-ríe Hurt-. ¡Mira a tu alrededor, Bruce! ¡Thomas Wayne ha sido el hombre que más ha hecho por el Dios Caído en toda la historia de Gotham! Cada línea de esta ciudad, cada edificio construido por él es un monumento a la gloria y la voluntad del Guante Negro. Pero tuvo que dejarnos, tuvo que abandonarnos cuando le dijimos que debías morir. Tuvo que ponerte por delante de nosotros.

-Lo que dices es absurdo, Simon. Si mi padre era uno de los vuestros, si os dejó… ¿Por qué iba a aceptarte en nuestra familia después? ¿Por qué iba a confiar tanto en ti?

-Porque él no sabía que yo pertenecía al Guante Negro-sonríe Hurt-. Thomas Wayne era demasiado importante para nosotros como para no vigilarle, Bruce. Yo le vigilaba. Y cuando nos abandonó, decidieron que siguiera vigilándole. Los nuestros están en todas partes, ¿sabes Bruce? Vigilando desde cada rincón de la ciudad, cumpliendo la voluntad del Dios Caído. Algunos de nuestros miembros son tan secretos que quizá ni ellos mismos sepan que nos sirven… Thomas y yo sólo nos vimos una vez en el Guante Negro, y no me vio la cara. Yo era el Murciélago.

-Lucháis contra el Murciélago pero adquirís su símbolo…

-Porque tomar un símbolo y hacerlo tuyo es quitarle su poder. ¿Sabes, Bruce? Todo esto es realmente un error mío. Napier la cagó al no matarte a ti primero, pero yo pensé que alejándote de todo esto, que llevándote fuera de la ciudad, evitarías tu destino. Podrías vivir lejos del Murciélago, lejos de nosotros. Debería haberte matado antes de que Alfred pudiera sacarte de Gotham, ¿pero sabes? Creo que el viejo mayordomo nunca se fio de mi. Creo que era él quien falsificaba las noticias sobre tu verdadera ubicación. Quien llenó las noticias de rumores sobre tus actividades de playboy diletante por todo el mundo. Olvidé que Alfred Pennyworth había sido un notable actor antes de ponerse al servicio de Thomas… y creo que su charada nos engañó a todos.

-Déjale marchar y nos ocuparemos de esto entre nosotros dos. Tú y yo, Simon.

-Nah, Bruce, no creo siquiera que Alfred pudiera marcharse. Hemos hecho algunos cambios en su cabeza, ¿sabes?-dice Simon, apoyando un dedo en el centro de la frente de Alfred-. ¿Verdad, Alfie? Has aprendido algo nuevo…

-Antivida=Soledad+Desesperación+Miedo…

La voz de Alfred parece clavarse en los oídos de Bruce, que tiene la impresión de que sus oídos pronto empezarán a sangrar, pero Simon retira el dedo de la frente del mayordomo y este guarda silencio de nuevo, mirando hacia ninguna parte.

-¿Qué es eso, Simon? ¿Qué le habéis hecho?

-Mostrarle la verdad, Bruce. ¿Y sabes? Tú también puedes aprenderla. Nuestra guerra es de otro tiempo, de otra época. Incluso de otro mundo. Puede haber paz entre nosotros, que todo siga siendo como siempre. Ya has vuelto, ya es inútil intentar mantenerte lejos, o inconsciente de todo lo que estaba ocurriendo. Pero aún hay una oportunidad-. Simon se acerca a Batman, y sonríe, tendiéndole la mano, enfundada en un guante negro-. Ocupa el puesto de tu padre, Bruce. Sé uno de nosotros. Únete al Guante Negro.


Químicas Axis, Ciudad de Gotham, Hoy.

-¡Soltadme! ¡Dejadme en paz! ¡Os daré lo que queráis! ¡Tengo dinero! ¡Mucho dinero!

El muchacho se agita entre los brazos de los hombres de Pierce, que no deja de sonreír. Se encuentran en los sótanos de la vieja fábrica Axis, una empresa química que había pertenecido a uno de los miembros de El Guante Negro, pero que se había cerrado tiempo atrás por problemas medioambientales. Lo que Axis generaba nunca había sido tan importante como lo que Axis ocultaba: la entrada a los túneles del Dios Caído, a las cavernas por las que se había extendido tras caer desde el Cielo. Y a Mangrove Pierce le encantaba moverse cerca de los lugares donde el Dios parecía poder permear su entorno, donde su peso, su gravedad, podían sentirse en el fondo de la mente, como la punzada de un picahielos a través de la nariz.

-Tranquilo, chico-sisea Pierce-. Te vamos a soltar pronto. Muy pronto.

Pierce sonríe, y el chico grita mientras el suelo desaparece a sus pies y cae, cae hacia las profundidades de Gotham.


Hospital General de Gotham. Hoy.

La enfermera mira aturdida la cama vacía, y enseguida corre a dar la alarma.

¿Dónde está Harvey Dent?


1.- En el número anterior.

2.- Comisario de Gotham… nada que ver con el escritor, que se sepa.


LA CUEVA DEL MURCIÉLAGO

Penúltimo número de Año Uno, para el próximo, acabaremos el primer arco argumental y la presentación en sociedad de este Batman del nuDCTópico. He intentado mantener en este número algunas de las escenas clásicas de Año Uno, y mezclarlo con el trabajo de Grant Morrison al frente de la franquicia del Murciélago para mezclarlo con mis propias ideas y mostrar un origen nuevo y diferente para Batman. Y las fichas para los que serán algunos de sus enemigos más allá del propio Hurt y el Guante Negro, ya se están colocando.

¡Nos vemos muy pronto!

Tagged , . Bookmark the permalink.

3 Responses to Batman #4

  1. MarvelTopia says:

    Esto si es un reboot en condiciones y no el de 52!!
    Felicidades, estás consiguiendo que me interese por una rata con alas. Y eso tiene muuucho mérito.

  2. Tomas Sendarrubias says:

    La rata con alas es el mejor personaje de DC… no creo que tenga tanto mérito, jefe…

    ¡¡Ja, ja ,ja!!

  3. Carlos Fortuny says:

    Muy bueno el nuevo inicio de Batman, y sobretodo como vas colocando los nacimientos de los enemigos.
    Me parece que la colección empezó un poco por debajo de tu nivel, y ha ganado muchísimo, hasta el punto de que quede uno totalmente enganchado.
    Me parece que has sabido mezclar muy bien varios conceptos de Batman que has rascado de aquí y de allí con tus propias ideas. ¡Está genial!

    Ya hay ganas del 5 jejejeje

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *