Thor #518

thor518Hijo de Odín y Gea, dios del trueno, portador de Mjölnir, el martillo encantado hecho del mineral místico de Uru. Cuando Midgard o Asgard corren peligro, los cielos retumban saludando a su defensor más aguerrido.

#518 – Encuentros inesperados
Por Bergil


Fecha de publicación: Mes 106 – 2/07


A toda carrera, Thor recorrió la distancia que le separaba del ruido que le sacó de sus pensamientos. Los sonidos provenían de detrás de una pequeña elevación al margen del camino. Cuando alcanzó la cima, ante sus ojos se ofreció el espectáculo de una refriega ciertamente inusual: dos dragones jóvenes, de apenas una docena de metros cada uno, enzarzados con un troll de las cavernas de tamaño gigantesco.

-¿Será posible? -se preguntó Thor-. Si parece… ¡por el Fresno del Mundo que lo es! ¡Eh, Ulik! -gritó al troll-, ¿necesitáis ayuda, o podéis arreglaros solo?

Sin girarse para hablar, no fuera a ser que una distracción le costara cara en la contienda, el troll replicó:

– Como siempre, Tronador, vuestro sentido del humor os precede. ¿De verdad creéis que necesitaría ayuda -dijo, golpeando a uno de los dragones en la cabeza con un puñetazo de arriba abajo- contra dos lagartos como éstos? -concluyó, golpeando al otro con lo que un crítico de boxeo consideraría un uppercut1 perfecto.

Golpeándose las palmas de las manos para limpiarlas, el troll se dirigió hacia Thor. Éste se puso automáticamente en guardia, lo que hizo que Ulik se detuviera y le mirara con una sonrisa torcida:

– ¿Qué es lo que teméis, Aesir? ¿Acaso no habéis proclamado sin descanso cada vez que nos hemos enfrentado que sois superior a Ulik el troll? Y, aunque semejante afirmación sea difícil de creer, nos encontramos todavía en el periodo de tregua decretado por vuestro padre, ¿recordáis? Claro, que si queréis luchar…

– ¡Deteneos, troll! Admito que mi instinto de guerrero es el que me ha movido a reaccionar como lo he hecho, pero nada más lejos de mi ánimo que infringir un mandato del Padre de Todos. Así pues, haya paz entre nosotros.

– Haya paz, entonces.

– ¿Qué hacéis tan lejos del reino de Geirrodurr, Ulik?

– Podría deciros que eso no es de vuestra incumbencia, aesir… pero no lo haré. De hecho, creo que el destino de mi viaje os afecta… en cierto modo.

– ¿Ah, sí? ¿Y cuál es ese destino?

– Pues veréis, Thor, cuando uno llega a un cierto punto en su vida, se plantea si no habrá llegado el momento de sentar la cabeza, formar una familia…

– ¡Por los cuernos de Audhumia2! Troll, ¿acaso estáis intentando decirme que pretendéis casaros?

– Pues sí, esa es mi intención. Si me he puesto en camino es para pedir la mano de mi elegida. Pero tuve la mala fortuna de cruzarme con esas dos lagartijas, y…

– Me alegra ver que habéis tomado esa decisión, Ulik, pero no acabo de ver en qué me afecta la misma.

– Ah, pero ¿no os lo había dicho? Mi elegida es Sif.

El asombro y la ira a partes iguales se combinaron para dejar mudo a Thor, mientras su rostro iba tomando un color escarlata subido. Un observador más perspicaz que Ulik habría temido que de un momento a otro comenzara a salirle humo por las orejas. Finalmente, logró el suficiente control de sí mismo como para poder hablar:

– Sif… ¿Sif? ¿Estáis diciendo que pretendéis desposar a la hermana de Heimdall? ¿A mi prometida?

– Ex.

– ¿Qué?

– Ex-prometida, Thor. Por si no lo recodáis, rompisteis vuestro compromiso3.

– De acuerdo -masculló Thor, con los dientes apretados-. Formalmente, ya no es mi prometida. Sin embargo, troll, en verdad vuestra osadía no tiene límites. ¡Pretendéis desposar a una diosa!

– Bien, ¿y por qué no? ¿Acaso ahora ella no se considera tan desagradable a los ojos de los demás aesires como podemos serlo nosotros los trolls?

– Puede ser. Sin embargo…

– Y estad tranquilo, Tronador. Ulik no piensa obligar a Sif a convertirse en su esposa. Será ella la que libremente decida si desea compartir su vida conmigo o no…

– En tal caso, Ulik, y puesto que seguimos el mismo camino, espero que no os importe que os acompañe. Además, así podremos solventar antes encuentros molestos como el que acabais de tener…

– … y no es que penséis que yo no puedo encargarme solo de ellos, ¿no es así?

– ¡Por supuesto que no! -exclamó Thor, con aire de dignidad ofendida.


Mientras, en el palacio de Odín en la ciudad de Asgard, el soberano del Reino Dorado hablaba con su invitado:

– Me habéis dihco que deseais perdirme un favor, Odín. ¿De qué se trata?

– Veréis, Bill… ahora que mi hijo Thor se encuentra ocupado en Asgard, es necesario que alguien proteja Midgard, y…

– Y habéis pensado en mí, ¿no es así?

– En efecto, Bill, tal es mi idea. ¿Tenéis algún inonveniente?

– Ninguno en absoluto, señor. Si he vuelto a Asgard, es para servirlo como mejor pueda. Sin embargo, no estoy seguro de poder pasar desapercibido entre los humanos que, lamento decirlo, son algo menos tolerantes que los aesires…

– Tenéis razón, Bill. He de reconocer que si os despojé de vuestra parte asgardiana4 fue para salvaros del frío abrazo de Hela. Ahora sabemos que vuestra debilidad se debía a las maquinaciones del príncipe de las mentiras.

– ¿Habláis de Loki?

– En efecto, de Loki hablo. Mi hijo adoptivo estaba provocando el fin de los aesires con la intención de dominar Asgard. Tan formidable fue el envite que se hizo necesaria la unión de todos los panteones para conjurarlo5. Bien, desparecido tal peligro, os devolveré lo que os habéis ganado con vuestros valiosos servicios al Reino Dorado.

Tras decir esto, Odín extendió su brazo derecho y cerró su ojo6, concentrándose. Las energías místicas comenzaron a crepitar, dirigiéndose hacia Bill Rayos Beta y envolviéndolo. Sin embargo, nada ocurrió. Y si Bill estaba sorprendido, no era menor el desconcierto de Odín.

-¿Qué ha ocurrido, mi señor? -preguntó el alienígena de piel anaranjada.

– A fe mía, buen Bill, que no lo sé. Aunque me llaman omnipotente, no está en mi mano transformar en realidad todos mis deseos. Sin embargo, algo como lo que pretendemos sí que debería estar a mi alcance. A no ser… -Odín se interrumpió, pensativo.

– A no ser… -dijo Bill.

– A no ser que falte algo.

– Os referís a…

– Sí, Bill, me refiero al primero y más poderoso heraldo de Galactus. Estoy convencido de que para devolverte a tu ser asgardiano será necesaria la intervención de Estela Plateada.


Historias de Asgard presenta La canción del Verdugo

 

Resumen de lo narrado: Tras rescatar a la doncella, Tharbad la lleva a su casa y la cuida hasta que es capaz de levantarse. Ella le dice su nombre -Feiniel- y le cuenta su historia. Tharbad le ofrece su casa mientras se encuentre movilizado con el ejército de Asgard, y tras una breve duda, Feiniel acepta.

Una vez se hubo puesto de acuerdo con Feiniel, Tharbad se dirigió al campamento donde su regimiento estaba concentrándose con vistas a la campaña que iba a iniciarse. Llegó justo cuando estaban a punto de cerrar la entrada y se dirigió sin más dilación a su barracón para acostarse.

A la mañana siguiente, todo el barracón fue despertado a gritos:

-¡Levantaos ya, excrementos de troll! ¡Os quiero a todos vestidos y formados en el exterior antes de que haya terminado de decir Nidallevir!

«No puede ser posible», pensó Tharbad al oir aquella voz.

Pero cuando estuvo formado junto a sus compañeros comprobnó con desaliento que conocía al sujeto que les habúia despertado de modo tan brusco. Era el individuo que había violentado a Feiniel.

Era… su sargento de instrucción.

Se caló el casco, confiando en que el sargento pasara de largo y no le reconociera. «Al fin y al cabo», pensó, «era un callejón, estaba oscuro…». Vana esperanza. Con el sexto sentido que parece caracterizar a ese tipo de gente, el sargento se encaminó directamente hacia Tharbad.

– Vaya vaya vaya… ¿qué es lo que tenemos aquí? -y más bajo, para que sólo él pudiera oirle-. No creas que no me acuerdo de ti, defensor de mujerzuelas -al oir esto, Tharbad tuvo que hacer un esfuerzo para no estampar sus puños en la jeta de aquel rufián que, alzando de nuevo la voz, dijo-: Tú pareces resistente, recluta. Quedas encargado de cavar los hoyos para las nuevas letrinas. Y date prisa, porque ¡TIENEN QUE ESTAR PARA AYER!

Tharbad no rechistó, sino que, una vez se dio la orden de romper filas, se encaminó al cobertizo de las herramientas, agarró pico y pala y se dirigió al emplazamiento que le habían indicado, comenzando a cavar un hoyo en el suelo. El que el terreno fuera el más duro de todo el campamento no podía deberse a la casualidad: aquel sargento quería que reventara. Pues bien, Tharbad no iba a darle esa satisfacción. Y cada vez que le preguntaba cómo iba el trabajo, Tharbad respondía invariablemente con una sonrisa y un Muy bien, mi sargento.


1.- Un golpe en la mandíbula propinado de abajo arriba. El inverso al anterior golpe de Ulik, vamos.

2.- La vaca que alimentó a Ymir (el primero de los gigantes, muerto por Odín y sus hermanos y de cuyo cadáver crearon el mundo); creó a Buri (el abuelo de Odín) lamiendo un acantilado de hielo.

3.- Ocurrió en El poderoso Thor # 340, al comienzo de la añorada etapa de Walter Simonson. Bueno, al menos ésa es la referencia que recuerda nuestro nunca bien ponderado editor, ya que yo no he sido capaz de encontrar la escena en cuestión

4.- Adquirida inicialmente al empuñar a Mjolnir en El poderoso Thor # 337, y perdida entre los números 491 y 494 de la misma colección.

5.- Como se narró en Virtudes Cardinales, la saga que transcurrió entre los números 503 y 514 de esta serie.

6.- Odín es tuerto desde que arrojó uno de sus ojos al pozo de Mimir para obtener sabiduría.


¡Escribidnos!

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