DC Universe Presents… #4

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#4 – Quinto Mundo I
Por Tomás Sendarrubias


Fecha de publicación: Mes 187 – 11/13


Centro de Investigación y Tratamiento de Enfermedades Mentales Arkham.

Gotham. Hoy.

Sabe que no debería estar haciendo lo que está haciendo, pero de alguna manera, no puede resistirse a ello. Su padre le ha dicho mil veces «no bajes esas escaleras, nunca bajes esas escaleras», y quizá por ello, el pequeño no puedo evitar hacerlo, porque la llamada de lo desconocido, de aquello que puede encontrarse al final de los escalones que comienzan en un rincón del despacho de su padre, es más fuerte que cualquier otra capacidad que el niño tenga de sentir. El miedo por lo que pueda encontrar le parece dulce, el temor a que su padre descubra lo que ha hecho palidece ante el canto de sirena de los viejos escalones de piedra y la oscuridad, apenas atenuada por viejas lámparas que viene de la zona baja del edificio. ¿Qué es lo peor que puede ocurrirle?, se pregunta mientras baja el primer escalón, empuñando con fuerza su linterna como si en ella pudiera enfocar su fuerza, como si pudiera convertirla en un sable de luz como el de Luke Skywalker. Casi se puede ver a sí mismo como un Caballero Jedi, descendiendo a las profundidades de la oscuridad para hacer frente a Darth Vader. Y al fin y al cabo, todos los niños se creen inmortales a los siete años. Así que llenándose de valor y de miedo en cantidades iguales, el niño comienza a bajar las escaleras hacia la oscuridad.

Despierta con un grito en cuanto escucha el primer grito en sus sueños, el grito que cambió su vida y del que nunca ha podido desprenderse, aquel grito enloquecido, fuera de toda razón y cordura; y despierta, bañado en sudor frío y con un grito muerto aferrándole la garganta. Mira el reloj, que marca las 6:59, y desconecta el despertador. Como siempre, ha despertado un minuto antes de que este sonara. Lleva tres noches durmiendo en la pequeña sala anexa a su despacho en el Centro Médico, y todas y cada una de ellas se ha repetido aquel sueño. Una suma de exceso de trabajo y discusiones conyugales le había hecho decidir pasar una noche en aquel pequeño dormitorio, pero la última llamada de su esposa había sido muy clara: no vuelvas, he empezado los trámites de divorcio. Y el Doctor Arkham no pudo evitar alegrarse un poco, al menos por ella. Llevaba un tiempo viendo en Patience síntomas que le recordaban a los de su madre, y es que las esposas de los Arkham parecían estar destinadas a convertirse en segundonas, sin posibilidad de vencer al que era el verdadero amor de los hombres de la familia: la psiquiatría y el centro médico que, desde tiempo de los holandeses, llevaba su nombre. Su madre había muerto, convertida en una especie de fantasma lánguido debido al abandono de su padre y al horror continuado de lo que este compartía con ella, de lo que ella misma, enfermera del psiquiátrico, había visto allí abajo. Patience había decidido seguir viva, reclamar una vida propia, y él no podía reprochárselo.

Pero no dormiría una sola noche más allí, buscaría un hotel. Aquella noche, desoyendo los consejos de su padre, había descendido al área donde se confinaba a los pacientes más peligrosos del sanatorio, a los que locos peligrosos, a los «monstruos», como su padre les llamaba. Aquella noche su inocencia había muerto, él mismo la había acuchillado, una puñalada por cada escalón que descendía, y había quedado grabada a fuego en su memoria. El edificio había cambiado, los tratamientos habían cambiado, los pacientes habían cambiado, él había cambiado, incluso el nombre del centro se había adaptado a los nuevos tiempos. Pero en aquellas pesadillas, el Doctor volvía a caminar por el interior del viejo Asilo Arkham.

Suspira. Tiene el tiempo justo para ducharse y desayunar algo antes revisar el expediente del paciente que va a encargar a la nueva doctora que se incorpora ese día a la plantilla del sanatorio. No es un caso difícil en principio, un caso más de amnesia mezclada con un exceso de imaginación a la hora de reinventar recuerdos. La doctora Quinzel venía del departamento de psiquiatría del Departamento de Policía de la Ciudad de Gotham, y sin duda habría visto cosas mucho peores, pero el Doctor Arkham estaba acostumbrado a que los más preparados parecieran desmoronarse en cuanto cruzaban las puertas de aquel lugar. La propia doctora Quinzel llegaba al sanatorio en circunstancias adversas, su predecesor, el Doctor Atkins, había presentado una baja apresurada y se había marchado del centro y de la ciudad después de que uno de los internos, un antiguo biólogo que atendía al disparatado nombre de Hugo Strange y que había saltado a la infamia tras descubrirse que había realizado experimentos con una treintena de niños, amenazara con utilizar a la familia de Atkins para realizar una tanda de pruebas sobre el trasplante de órganos en vivo. Lo preocupante de todo era que Strange parecía tener información sobre la vida de Atkins que era imposible que pudiera haber conseguido allí dentro. Atkins se había marchado a Chicago, y Arkham había contratado finalmente a Harleen Quinzel. No podía evitar tener ciertos prejuicios a la hora de meter a una mujer en el Sanatorio, no podía quitarse de la cabeza la vieja historia de cómo medio centenar de enfermos habían violado a una de las monjas que colaboraban con su abuelo en el cuidado del sanatorio. Pero fue en otros tiempos.

Y por suerte para todos, aquello ya no era el Asilo Arkham.


-¡Estoy encantada de verle, Jerry!-dice la Doctora Quinzel, cruzando a toda velocidad el despacho del Doctor Arkham para estrecharle la mano, con una amplia sonrisa en su rostro.

-Por favor, Doctora-gruñe el Doctor-. Doctor Arkham, o incluso Jeremiah, si es necesario.

Jerry era como le llamaba su madre. Jerry era el nombre que había gritado aquel loco al verle, el que estaba en la celda bajo las escaleras.

-Oh, lo siento, me gusta Jerry, aunque Jeremiah es un nombre precioso. Muy clásico. Estoy realmente entusiasmada, Doctor Arkham. Toda mi vida he soñado con trabajar aquí.

-Con su historial, Doctora Quinzel, podría trabajar en cualquier otro sitio-responde el Doctor Arkham. No era solo su historial lo que le abriría muchas puertas a la Doctora Harleen Quinzel, era desde luego una mujer preciosa, que aún no había cumplido los treinta, con unos ojos azules clarísimos, el cabello rubio claro corto y unos encantadores labios, gruesos y pintados del color de las cerezas, que mostraban una sonrisa afable y desenfadada-. ¿Por qué aquí?

-Soy gothamita hasta la médula, Doctor Arkham. Cuando era pequeña, la mitad de los cuentos de terror que escuchaba, tenían en Asilo Arkham como escenario. Cuando comencé a estudiar psicopatologías, entendí el gran trabajo que ha hecho su familia en esta ciudad. Seamos sinceros, Gotham tiene algo que parece volver loca a la gente. Y disculpe por el término, sé que loco no es una palabra que los psiquiatras debiéramos utilizar. Pero creo que hay algo aquí, en la ciudad, que hace que nuestros locos… estén más locos. Es como cuando los nativos avisaban a los colonos que el lugar donde se encuentra hoy Los Ángeles era inhabitable. No les hicimos caso, y ahora tenemos una de las ciudades más contaminadas del planeta. Nueva Orleáns parece correr el peligro de hundirse cada diez minutos, San Francisco de ser destruida por un terremoto… y nosotros, tenemos a nuestros locos. Supongo que espero lo que todos esperamos: entender en qué momento y por qué, una mente en apariencia completamente sana tiene un cortocircuito y convierte a un padre ejemplar en un devoto adorador de Satanás que ofrece a sus hijos como sacrificio.

-¿Entiendo que habla de un  caso real?

-Leonard Kowalski, hace nueve meses en el East End. Me enviaron a negociar con él, pero no tuve tiempo de dirigirme a él, mató a su mujer y a sus hijos de doce y nueve años, y luego se suicidó. Quiero evitar que haya más Leonard Kowalski, quiero saber qué es lo que produce la locura.

-Como ha dicho, Doctora, lo que quiere es lo que queremos todos. En fin, bienvenida. Este será su primer paciente.

El Doctor Arkham desliza sobre su mesa una carpeta de papel manila hacia la Doctora Quinzel, con una etiqueta en la que aparece un número de expediente y el nombre del paciente, Shilo Norman. La Doctora Quinzel abre la carpeta y ojea la documentación, encogiéndose finalmente de hombros.

-Amnesia y delirios-dice ella-. No parece un caso peligroso.

-No lo es. El señor Norman es un hombre bastante apacible, me pareció un paciente adecuado para su primer día en el Centro.

-Estupendo-sonríe la Doctora Quinzel-. Estoy deseando hablar con él.


Cuando Harleen Quinzel se sienta frente a Shilo Norman, no puede evitar estar de acuerdo con la descripción de él que había hecho el Doctor Arkham. «Apacible». Afroamericano, con la piel del color del café y el cabello recortado casi al cero, el historial de Shilo Norman decía que había nacido en Seattle, que tenía veintisiete años y que había pasado la mayor parte de su vida trabajando como escapista en un circo que solía recorrer la Costa Oeste. Había participado en algunos shows y programas televisivos, y cuando le vio, Harleen creyó reconocerle, quizá le hubiera visto en algún programa absurdo de MTV. De labios gruesos y pómulos marcados, Shilo Norman no está exento de atractivo, quizá demasiado delgado, o eso parece debajo del mono de color naranja brillante de los internos del Centro. No lleva esposas, ni ningún impedimento a su movilidad, y el guardia que les vigila, parece bastante relajado. Realmente, no parece la persona capaz de arrancarse un diente y matar a nadie con él.

-Buenos días, señor Norman-dice ella-. Soy la doctora Harleen Quinzel, y espero que nos convirtamos en buenos amigos.

Shilo alza la mirada, hasta ese momento clavada en sus propias manos, y Harleen tiene que esforzarse para no abrir la boca, sorprendida. Jamás había visto unos ojos como los de Shilo Norman. Parecían bailar entre el azul turquesa y el aguamarina, según les diera la luz, pero aún más impresionante era la impresión de antigüedad que asaltó a Harleen. Tres años atrás había viajado a Egipto con un grupo de solteros que buscaban conocer gente, y habían visitado la Meseta de Giza. El guía había repetido la manida frase que Napoleón había pronunciado al llegar a ese mismo lugar, frente a las Pirámides y la Esfinge, «Cuarenta siglos de historia nos contemplan». En ese momento, Harleen se siente igual, como si toda la historia del Universo la estuviera mirando a través de los ojos de ese escapista con problemas mentales.

-Hola, Doctora Quinzel-dice, con gesto educado-. Me alegra conocerla, aunque lamento lo ocurrido con el Doctor Atkins, era un buen hombre.

-Estoy segura de que todo le irá muy bien, Shilo. ¿Puedo llamarte Shilo?

-No es mi nombre, Doctora-responde él, encogiéndose de hombros, y Harleen asiente.

-Es el nombre que te identifica. Tus huellas digitales se correspondan con Shilo Norman, de Seattle, hijo de Charles y Julia Norman…

-Ese puede ser mi nombre, pero no es el nombre que me corresponde, ni el que me identifica, ni el que me hace ser quien soy. Shilo Norman es a mí lo que el agua al hielo o la semilla al árbol.

-A los agentes les diste otro nombre. ¿Ese es el que te identifica mejor?

-Sí.

-¿Scott Free?

-Sí.

-Scott es un nombre bonito.

-Era el del perro del hombre que me encontró-sonríe él-. Me gustó. Pero lo importante no es Scott. Es Free.

-¿Crees que ese nombre si te define?

-Sí, porque soy Libre. Eso es lo que sí soy.

-Mucha gente discutiría esa afirmación, Scott.

-Bueno-dice él mientras se encoge de hombros. Se inclina sobre la mesa, y su mano izquierda comienza a moverse sobre ella, haciendo pequeños círculos y pulsaciones con los dedos. Harleen toma nota mental enseguida de aquel pequeño tic-. La discusión es buena. Los conceptos enfrentados forman realidades nuevas. Quizá descubra que me equivoque y que mi verdadero nombre es otro, pero en estos momentos, soy Scott Free. ¿Quiere usted discutirlo, Doctora?

-No-sonríe ella-. Scott Free también es un nombre bonito. Y de algún modo… te pega. Hubiera sido un nombre estupendo para un escapista. ¿Por qué no lo elegiste antes?

-Entonces aún no sabía del todo quien era, cada conocimiento tiene su momento.

-Gran frase, Scott-murmura Harleen, tomando notas en su tablet. Hacía tiempo que el personal del Centro había dejado de considerar los lápices, los bolígrafos y las plumas como elementos seguros. Le mira unos instantes en silencio, y anota que él tiene la mirada clavada en la mesa, aunque no ha dejado de mover la mano izquierda, como si contemplase los diseños que él mismo traza en el aire.

-Mi padre lo decía continuamente-responde él, tras un silencio corto.

-Ah. ¿A que se dedicaba?

Scott sonríe, y mira por un momento a Harleen.

-Mi padre de Seattle no, Doctora. Él era mecánico, y un buen hombre. Me refería a mi otro padre. Mi padre en las estrellas.

Y aquí empieza, pensó Harleen, asintiendo con educación.

-¿A qué te refieres, Scott? ¿Fuiste adoptado?

-No. Genéticamente, soy el hijo de Charles y Julia Norman, como usted dijo antes. Mi espíritu es mucho más antiguo, y viene de mucho más lejos.

-¿Es algo de lo que quieras hablar?

-Estoy aquí para eso-responde Scott Free, y Harleen enarca las cejas, aunque guarda su pregunta para más tarde.

-¿Cómo se llama tu otro padre?

-Todos le llamábamos simplemente así, Alto Padre. Si en algún momento tuvo otro nombre, se olvidó mucho tiempo antes de que yo naciera.

-¿Todos?

-Los dioses, Doctora Quinzel. Los dioses de Nueva Génesis.


DE DIOSES Y MONSTRUOS         

Una de las cosas que más interesante me pareció del planteamiento de lanzar nuDCTopía cuando Carlos Fortuny los sugirió, fue la posibilidad de recrear el Universo DC desde cero. Hay miles de conceptos interesantes en el mundo compartido por Superman, Batman y Wonder Woman, y uno de los que más me gusta (como ya habréis visto los que hayáis leído algo mío por aquí, debido al uso y quizá abuso del personaje de Darkseid), es el concepto de los Nuevos Dioses. Creados por Jack Kirby, el panteón que engloba a los dioses enfrentados de Nueva Génesis y Apokolips es tan interesante que no me he podido resistir al atractivo de una serie abierta como es esta para plantear una miniserie que adapte estos conceptos al mundo en el que estamos trabajando.  ¿Y qué mejor que hacerlo con mi campo de juegos favorito, la ciudad de Gotham? Los que hayáis leído Batman, ya sabéis que Darkseid tiene mucho que ver con la oscuridad que impera en la ciudad… ¿casualidad que Scott Free haya aparecido precisamente aquí?

No, no lo creo. 

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3 Responses to DC Universe Presents… #4

  1. Roberto Cruz says:

    Como tu, soy un gran fan de los Nuevos Dioses (aunque yo no los utilice tanto como tu en mis relatos). Has conseguido un relato muy interesante, muy bien caracterizado y con gran ambiente. Esperaremos a ver por dónde siguie la cosa… 😉

  2. MarvelTopia says:

    Los Nuevos Dioses nunca me han llamado mucho la atención, pero habrá que ver qué haces con ellos…. y con Harley Queen, claro 😀

  3. Carlos Fortuny says:

    La verdad es que no conozco demasiado de los nuevos dioses, poco a poco me estoy poniendo más al día, pero los presentas de una forma muy interesante, Y por supuesto grande Harleen ^^

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